Subestación: Barrio Obrero.

Texto y fotografías de David Fernández. 
 
El siglo XVII dejará como legado a Inglaterra, una expansión colonial que irá acompañada de un desarrollo del comercio internacional, la creación de mercados financieros y la acumulación de capital, la revolución agrícola de finales de siglo, que hará más eficiente la producción de alimentos con una menor aportación del trabajo, la revolución científica, y el descenso de las epidemias que asolaron la isla en siglos anteriores. Mimbres todos ellos que unidos a los nuevos inventos, como la máquina de vapor, harán que Inglaterra en primer lugar, y el resto de Europa continental después, experimenten el mayor conjunto de transformaciones socioeconómicas, tecnológicas y culturales de la Historia de la Humanidad desde el Neolítico; la Revolución Industrial. 
 
Esta industrialización, conducirá a los diferentes estados europeos al abandono de la agricultura como base de su economía y a fundamentar esta en el desarrollo industrial, pasando así de una sociedad agrícola a una industrial, de una rural a una urbana, donde el campesinado se ve obligado a migrar a las ciudades o aquellos lugares donde se han instalado las fabricas o se encuentran las materias primas. 
 
El éxodo masivo hacia las ciudades; donde el antiguo agricultor se convierte en obrero industrial; provocará el aumento de su población de forma desorbitada, siendo la carencia de viviendas uno de los primeros problemas que sufrió esta población marginada socialmente. A las largas jornadas laborales de más de catorce horas se añadían viviendas de dimensiones reducidas, carentes de higiene y sin las mínimas comodidades. 
 
Las nuevas grandes fortunas serán fundamentales en la promoción de la naciente política social del siglo XIX, que determinadas empresas y estados llevarán a cabo a lo largo de diferentes etapas. Uno de los puntos básicos de esta política sera el Paternalismo Industrial, basada en la idea de conceder un bienestar al obrero a través de la creación de núcleos de población cercanos a la empresa, ejerciendo así un control sobre la vida de este y alejándolo de los movimientos obreros más reivindicativos. Estas colonias serán un conjunto cerrado y dotado de todos los servicios: salud, educación, espiritual. La empresa construirá viviendas para los empleados, escuelas, sanatorios, ateneos, casinos, economatos, etc. 
 
Crecerán y se consolidarán a lo largo y ancho del mundo industrializado barrios enteros como el de Barreda en las cercanías de Torrelavega, Cantabria, o pueblos ex-novo como Bustiello en el valle del Aller, donde la Sociedad Hullera Española, propiedad del Marques de Comillas construye entre 1890 y 1925, en terrenos ganados al río Aller todo un pueblo. 
 
El conjunto de la colonia minera de Bustiello se encuentra organizado en tres niveles atendiendo a una jerarquía socio empresarial. En el nivel inferior se sitúan las viviendas de los “obreros modelo” (consideradas como una recompensa por los niveles de moralidad ya alcanzados); casas gemelas pegadas por la espalda y rodeadas de una huerta o jardín, de un marcado carácter racionalista propio de las sociedades industrializadas. El nivel intermedio está ocupado por casas de mayores dimensiones y categorías: tres de ellas pareadas y compartidas por el personal cualificado y dos edificaciones de tipo burgués, con balcones y galerías acristaladas, rodeadas de jardín y con garaje, destinadas a los ingenieros. El nivel superior estará constituido por los edificios públicos: el edificio del antiguo Círculo Obrero católico (antiguo espacio de ocio, cine, teatro y hoy residencia de la tercera edad), la escuela de niños (hoy albergue juvenil), y una iglesia de planta basilical de tres naves, proyectada y construida por personal de la empresa en estilo neorrománico. 
 
Separado de la zona residencial, en la margen derecha del río se situó el sanatorio, edificio de gran interés arquitectónico, presenta una elegante decoración modernista aplicada en frisos, ventanas y puertas, a la vez que una íntima relación con las formas constructivas asturianas a través de las galerías de cristal. Al conjunto original, formado por un pabellón central y dos laterales, le fueron añadidos posteriormente dos edificios en sus extremos, la farmacia y la escuela de niñas. 
 
También separado del poblado, en la zona más próxima al río y, por tanto afectada por las inundaciones, completan las construcciones los Cuarteles de Santa Bárbara, dos bloques paralelos entre sí y al río, destinados a viviendas de aquellos “obreros no modelo”. 
 
Algo parecido sucederá en Barreda, el barrio obrero más antiguo de Torrelavega que debe su origen al establecimiento de la empresa Solvay en 1908 a orillas del río Saja Besaya. En la década siguiente se procedió a la construcción del poblado. Bloques de viviendas para obreros, chalés para directivos, escuela, iglesia, casino y campo de futbol fueron construidos tomando como referencia los modelos constructivos del norte de Europa. Hoy sigue estando habitado casi en su totalidad. 
 
Desde mediados del siglo XX, las empresas extenderán este paternalismo arquitectónico al ocio, construyendo ciudades vacacionales como Perlora en Carreño, Asturias. Un complejo turístico nacido en 1945 con la pretensión de dar descanso a los trabajadores que no podían permitirse unas vacaciones. Un hotel, más de 270 chalets, clínica, iglesia, cine, tiendas y cafeterías forman este conjunto residencial a los pies de Mar Cantábrico. A día de hoy, lleva cuatro años sin utilizarse. 
 
La Revolución industrial no solo modificó los parámetros socioeconómicos, tecnológicos y culturales del llamado primer mundo; sus minas, fábricas y poblados también incidieron en el paisaje transformándolo. Hoy, que muchas de esas minas y fábricas han desaparecido, son algunos de los barrios, pueblos o centros de ocio, los que por su marcada vocación residencial, perviven integrados en el paisaje, ayudándonos a recordar épocas de mayor esplendor.

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