Siempre quise ser pirata.

Texto y fotografías de Fco. Javier Pedrosa. 
 
En los últimos años había recordado varias veces ya la ilusión con la que vivía mis días de infancia cuando mis ídolos eran los avezados piratas. Las lecturas de la obra de Defoe y el cine histórico y de aventuras permitieron que aquel sentimiento piratesco perviviese en mí con el paso del tiempo. Eran las aventuras embarcado, el riesgo, la soledad del mar, su amplitud y, en definitiva, la sensación de libertad la que había convertido a aquellos personajes de la historia universal en magníficos héroes. Si bien nunca los idolatré, siempre los respeté, pese a sus terribles fechorías o las de algunos de ellos. 
 
Aunque se podrían citar muy variados lugares en todo el mundo donde los piratas hayan sido vistos suele ser el mar Caribe y las rutas marítimas entre Europa y América (hubo un tiempo en que las rutas entre África y América también eran muy frecuentadas) donde se les ubica con mayor asiduidad. 
 
Yo, en cambio, siempre he imaginado a los piratas en los “Mares del Sur”. El viajar a estos lugares, que yo presuponía eran escenarios de conatos entre piratas y naves repletas de valiosos cargamentos susceptibles de ser convertidos en magníficos tesoros, fue durante varios años un verdadero sueño para mí. 
 
Pero, finalmente, llegó el día de volar para dejar de soñar. Llegué a la isla principal, pero seguí volando con mi bicicleta hasta la isla Sur. Entonces empecé a rodar. Rodé con mi carrito acoplado al eje trasero de la bici durante cinco días. Las carreteras atravesaban relieves casi planos generados por la actividad marina. Sentado sobre el sillín, tenía una privilegiada vista sobre la parte trasera de la bici que controlaba entre mis piernas. Cada instante que miraba la rueda trasera veía cómo el eje que unía carrito y bici cimbreaba con la amenaza de romperse. Pensaba constantemente en cómo solucionar el problema del exceso de peso y, así, transcurrieron rápidamente los cien primeros kilómetros. Pero sabía que en la montaña aquel enganche no soportaría el peso. Podría aguantar en las subidas pero en una bajada prolongada acabaría quebrándose y mandaría mi proyecto de atravesar el país al traste. Pensé que solamente me quedaba una opción: acampar y pensar bien la nueva estrategia. 
 
Enseguida encontré un lugar maravilloso. Después de avanzar junto a la orilla de un río durante una hora empecé a ver distintos grupos de aves, cada vez en mayor cantidad. Mientras me esforzaba pedaleando para encontrar el lugar en el que sacar mis prismáticos me acercaba, sin saberlo, a la desembocadura del río y al lugar en el que pasaría la próxima noche. Una barra de arena de unos cuatro metros de altura separaba la playa de la orilla meridional del río cuyas aguas fluían hacia el este. Entre la posición que yo ocupaba, ya en el lugar de acampada, y la barra de arena mencionada se encontraba una réplica del Paraíso: aguas limpias y tranquilas buscaban el mar con la ayuda de la atracción lunar mientras las espátulas se alimentaban, los cisnes negros custodiaban a sus crías, los ostreros variables se quejaban de la competencia y la amenaza que representa la presencia de un ser humano y yo preparaba mi cámara bajo una preciosa luz que me obligó a retrasar la cena y la elaboración de una nueva estrategia para el transporte de mis pertenencias. 
 
Sin perder un solo minuto comencé a pasear por la arena sin querer llamar la atención de animales ni personas. No quería que nadie supiese que estaba allí ni quería que las aves vieran en mí una amenaza. Pronto supe que no había conseguido ninguno de mis dos propósitos. 
 
Para fotografiar a las espátulas tuve que meterme en el agua. Cuando lo hice ellas no volaron pero sí se alejaron en grupo mientras buscaban su alimento sumergiendo su curioso y especializado pico en el agua. Todas juntas haciendo el mismo ejercicio parecían trompetistas que yo quise imitar. Por aquello de pensar que conseguiría pasar inadvertido me adentré en el agua hasta la cintura y comencé a mover la otra mitad del cuerpo hacia delante y hacia atrás. Con el cuerpo de la cámara en la cara y el teleobjetivo supliendo mi carencia de pico traté de acercarme a ellas un poco más. Pero ya había dicho que no pude engañar a aquellos animales. 
 
La puesta de sol me había brindado momentos muy fotogénicos pero ya era hora de salir del agua, secarse y, por fin, cenar. Pude cocinar algo de arroz y un poco de carne en el ábside de la tienda. Después, tumbado, me quedé observando la noche y, poco a poco, recuperando en mis pensamientos la complejidad de aquel asunto pendiente. Aún no sabía cómo continuaría mi viaje al día siguiente cuando empezaban los fuertes desniveles y el tránsito por pistas de arena y grava fina. Había estimado que 35kg serían el peso máximo que transportaría. Las conclusiones sacadas no me gustaron y tomar la decisión final fue duro para mí. 
 
Había ciertas cosas que ya no seguirían viaje conmigo. El pico de geólogo y los primaticos, por ejemplo, se convirtieron en objetos prescindibles. Ahora tocaba decidir qué hacer con todo aquello, así que seguí despierto otro rato más. De repente, como si se hubiese hecho de día otra vez, empezó a recorrerme todo el cuerpo un cosquilleo que se acompañaba de cierta euforia provocada por aquello que estaba discurriendo. Todos aquellos objetos de valor que yo dejaría allí podían volver a ser recuperados si los escondía y regresaba en otro momento a por ellos. ¿Y si los enterraba allí mismo donde había acampado? ¡Aquel sería mi tesoro secreto! Si tenía un tesoro enterrado en alguna isla de los Mares del Sur ya podía decir que era un pirata como aquellos que yo había imaginado de niño. ¡Qué poder el de la imaginación cuando se la alimenta! Entonces, sin dudarlo, tracé sobre la arena el mapa del tesoro. Antes de acostarme me fijé en la fecha y en la luna, fijé los puntos cardinales sobre el lugar, anduve trece pasos al este y establecí un área definitiva para enterrar mi tesoro. Éste permanecería oculto tanto tiempo como yo ausente de aquel lugar. Ahora ya podía retirar la bandera pirata de la bici y dejar de simular y aparentar. La bandera pirata también quedaría enterrada. Con estos pensamientos me acosté y dormí. 
 
La mañana siguiente la recuerdo como el comienzo de un día muy especial en mi vida. La ilusión contenida durante la noche por empezar a cavar en aquella arena seca surgió de nuevo al abrir los ojos. Seleccioné todo lo prescindible y lo deposité en una bolsa de plástico. Antes de ejecutar mi plan me hice una foto junto a la tienda de campaña y la bici, con parte de mi equipaje en el suelo y sujetando la bandera pirata. Para mí este hecho simbólico me permitía sentirme como siempre había querido. 
 
Una vez grabada la escena preparé mi marcha, es decir, todavía tenía que conseguir unos cinco litros de agua y cargar las baterías de la cámara puesto que en aquella jornada pretendía observar con detenimiento y fotografiar leones marinos en Waipapa Point. Tuve que comprar el agua en la tienda más cercana situada a unos cinco kilómetros de mi lugar de acampada. Para cargar las baterías tuve que pedir ayuda. La tarde anterior había visto un punto de información turística a unos quinientos metros de la arena pero no me había parecido tener aspecto de hospitalario ni siquiera de poder estar abierto, pero era mi única opción. Pensé que podría ofrecer dinero por utilizar algún enchufe. Sin demora, me encaminé al edificio que encontré abierto pero sin nadie en el interior. Merodeé por los dos niveles que mostraba aquel espacio interior observando las fotos y muestras de roquedo además de algunos fósiles que protegían vitrinas de cristal. Entretenido con tanta información no me di cuenta de que alguien salía de una cocina. Un señor me preguntó muy serio desde detrás de la barra: 
 
-How you doing? Can I help you, sir? 
 
Le contesté en inglés, también muy serio (aquel lugar empezaba a no gustarme), que quería recargar las baterías de la cámara, que si él podría ayudarme, que yo estaba dispuesto a pagar por el favor… Secamente me dijo que podía cargar mis baterías, con tomar un café era suficiente. Tomé el café, le di las gracias y cambié mi opinión sobre el señor y su negocio. Fui a por las baterías y las dejé cargando. Ahora ya podía enterrar mi tesoro. 
 
Regresé a la tienda, la recogí y puse la bici en pié. Ahora el sentimiento que recorría mi cuerpo era contrario pero igual de intenso que el vivido la noche anterior: 
 
-¿Y si en vez de enterrar todo aquello lo regalaba a alguien que pudiera utilizarlo?- Decía para mí. 
 
Después de todo el sentimiento de verdadero pirata ya había sido desarrollado y yo ya no era ningún niño pese a ser un soñador. Si además de a los piratas recurría también al sentido común y a los valores solidarios de la amistad debía preguntar a alguien que si quería aquello que yo dejaba. Lo cierto es que no había nadie más a quien poder ofrecer aquellos objetos que el señor que me había dejado cargar las baterías en la oficina. Y, bajo mi juicio, se lo merecía. Tomé la bolsa de plástico y regresé al edificio a por las baterías. La bici y el equipaje empaquetado quedaron fuera mientras hablaba con aquel hombre. No sabía cómo ofrecerle aquello, no sabía cómo se lo iba a tomar. Así, de frente, sin más, le dije que tenía una serie de cosas con las que no podía continuar mi viaje y que había pensado que, a lo mejor, él las querría. Me miró fijamente un tanto desconcertado y tomó la bolsa por un asa. Echó un vistazo al interior y vio el pico de geólogo. Saqué este y le hice ver que era muy bueno. Él se dio cuenta enseguida. Era un gran aficionado a la estratigrafía y la paleontología, supo reconocer un Eastwing nada más verlo. Su reacción consiguió conmoverme: 
 
-¿Lo has robado? 
 
-¡Nooo…, lo he comprado! Vengo desde España con él. 
 
Me miró de nuevo a los ojos. Después saqué los prismáticos: 
 
-Creo que esto también lo utilizará… 
 
-No iras a darme los prismáticos también. Tienen que haber una forma de que continúes con ellos. 
 
-Lo he pensado muy bien, los prismáticos también se quedan aquí- Contesté. 
 
El hombre, que empezaba a sonreír por momentos, terminó por preguntarme, ya con cierta confianza: 
 
-¿Eras tú el que estabas en el agua con los pájaros ayer por la tarde? 
 
-¿Estaba usted aquí? ¿Me vio?- Contesté. 
 
Ni fui capaz de esconderme de los animales ni del hombre que, por el contrario, vigilaba mis movimientos escondido. Tampoco enterré mi tesoro. Pero logré continuar el viaje con menos peso material y un mayor bagaje emocional y espiritual, con las baterías de la cámara cargadas, rebosante de agua y buen tiempo. Ese día la fortuna me sonrió desde todos los flancos y pude fotografiar leones marinos, delfines de Héctor y pingüinos de ojo amarillo.

Déjanos tus comentarios, gracias

[wpsl]