Percepción íntima del paisaje.

Texto y fotografías de Fco Javier Pedrosa. 
 
A menudo me pasa que antes de empezar a escribir pongo la mirada fija en la hoguera y recuerdo pasajes de mi vida que han tenido especiales consecuencias en el devenir de la misma. Recuerdo cuando antes de cumplir la veintena no entendía nada de lo que me pasaba. No estaba a gusto en la única casa en que podía vivir y parecía que cada decisión que tomaba en pos de mi abstracta felicidad era errónea. No llegué a encontrar mayor culpable de todas aquellas desdichas que a las hormonas que mis jóvenes glándulas producían. Nunca llegué a sentirme peor de lo que un adolescente suele vivir y, cumpliendo años, sí encontré el camino hacia la solución de algunos de mis problemas existenciales. 
 
Nada más salir de casa y de camino hacia la parada de bus me perdía en cada paso que me alejaba de un espacio de incomprensión. Solía importarme muy poco si caía la lluvia o si el sol abrasaba las calles de la ciudad, no prestaba atención más que al derrotero virtual elaborado para facilitar la coexistencia conmigo mismo que cada día tenía que cuidar. Me gustaba, incluso puedo decir que necesitaba pasear por la ciudad sin deambular, al contrario, avanzaba con rumbo fijo, paso firme y no falto de cierta actitud fetichista que me dirigía a aquellos lugares que ya podía denominar lugares de la memoria. El trayecto que tantas veces había caminado de camino al colegio, los puntos de recogida utilizados los días de partido, las galerías del centro de la ciudad y el hotel de la Reconquista ya formaban parte de mi registro entonces y poco después pasaron a ser reconocidos como polos del pequeño y efímero esquema existencial que yo estaba construyendo para mis propios intereses. Visitaba estos lugares y repetía los recorridos para reconfortarme recordando momentos del pasado. 
 
Así como había lugares que ya formaban parte de mi memoria hubo otros que fui añadiendo plano por plano a la secuencia del recuerdo y, lo que a mi modo de ver mi propia vida fue aún más interesante, aprendí a encontrar los valores intrínsecos de los lugares vividos y los valores circunstanciales de los lugares experimentados que, estos últimos, lideraron la consecución de la supuesta madurez que alcanza el hombre adulto. 
 
Encuentro valores intrínsecos en edificios históricos, en calles repletas de gente, en miradores y en bares. En cambio, atribuyo valores circunstanciales a lugares en los que mi propia experiencia existencial se ha mimetizado con una realidad concreta del propio lugar: el rocódromo, la plaza Daoiz y Velarde, la calle Paraíso, la explanada central del Campus de Humanidades o la terraza sogueada de Sta. María. Todos ellos y alguno más no son tan solo recuerdos de una vida sino que son esta vida misma, la que yo vivo, la que yo porto. Lugares, rincones o escondrijos que están acompañados de fragancias, de sonidos y ruidos, de momentos, de nostalgias, de sabores, de luces diversas, de dudas y fragmentos del recuerdo, de insinuaciones, de despedidas… Todos ellos, elementos de mis espacios experimentados, distribuyen su entropía entre los límites del delirio y la realidad proporcionalmente a su capacidad de pervivencia ante el advenimiento de nuevas coyunturas. “El paisaje siempre me introduce en el juego de las imágenes plásticas comunicantes y en el pensamiento y en la metáfora por la articulación de sus elementos internos; se vuelve así energía vital que se expande desde dentro hacia fuera ocupando todos los lados de lo finito, generando el infinito en todas las significaciones”, escribe Alberto Carneiro. Porque casi sin quererlo los lugares ya experimentados dan paso al descubrimiento de nuevas dimensiones de la proyección y la memoria. 
 
Y de esta manera los lugares dejaron su sitio a los paisajes que pude consumir frecuentemente y afortunadamente “in situ” y otras veces a través de representaciones de los mismos. Primero visité los Alpes e identifiqué en las imágenes memorizadas de las grandes montañas nevadas francesas y suizas algunos pilares de mi propia cosmogonía. Pero ya no tanto las montañas en concreto sino sus perfiles quebrados, las condiciones climáticas en altura y sus consecuencias, las labores de los montañeses y el escenario de grandes aventuras y proezas de los pioneros del alpinismo. Fui adoptando este esquema perceptual, en el que prima la representatividad sobre la totalidad, a otras montañas y lugares del mundo para así ir construyendo no solamente unos cimientos sobre los que levantar el edificio de mi pasado sino también un trampolín desde el cual lanzarme a los destinos de mi futuro. 
 
A partir de entonces ya no descubría paisajes que me ayudaran a comprender, más bien buscaba paisajes que coincidiesen con mis gustos y preferencias estéticas. Por un lado colaboraba con la transformación activa de los paisajes del mundo fotografiándolos, recorriéndolos e interpretándolos y, paradójicamente, por otro lado ansiaba la pervivencia de muchos de los momentos que ellos representaban. En concreto ansiaba poder encontrarme paisajes como los que sirvieron de escenarios en películas como “Gigante”, “Centauros del desierto”, Thelma y Louis” o “Dersú Uzalá”; paisajes literarios como los de “El corazón de las tinieblas”, “En la noche y entre los hielos” o “El Quijote”; formas perfectas en los aterrazamientos hindúes, banquisas glaciares y bosques calcinados que llenan decenas de páginas en revistas y periódicos. Y es que entrado en los treinta el tiempo cronológico comenzaba a ser considerado de otra manera. 
 
 La información mediática ha tenido mucho que ver en la selección de mis preferencias estéticas particulares pero no ha influido tanto como la carga genética hereditaria o las aptitudes intelectuales y el perfil cultural de ahí que pueda afirmar sin riesgo a equivocarme que muchos de los paisajes que han marcado mi trayectoria experimental (el ser humano experimenta-interactúa principalmente con su entorno) provienen de una fuente habitual que podemos llamar moda pero la gran mayoría de los paisajes de mi memoria han sido seleccionados en base a una serie de criterios emocionales, es decir, se trata espacios experimentados convertidos en una idea que mi memoria almacena en el apartado de la felicidad. 
 
Sin duda estas inquietudes han surgido del cúmulo de sentimientos y contradicciones que los hombres vivimos cotidianamente en nuestra relación con la naturaleza y que también pueden apreciarse en el origen del jardín y la evolución histórica del mismo casi en su totalidad paralela a la evolución del pensamiento preponderante en el seno de las comunidades humanas que lo trabajaron. Y es que los jardines ofrecen ejemplos de lo que el hombre ha considerado una imagen “artealizada” de la naturaleza, la naturaleza a su propia altura, la naturaleza mediatizada y modificada por los gustos y preferencias estéticas de los hombres, la naturaleza desnaturalizada en base a la perspectiva, el color, la forma, la línea, la textura, etc. Y de la misma manera que los paisajistas y sus clientes seleccionan especies vegetales y minerales para elaborar sus proyectos otorgando a ciertos espacios aspectos muy concretos todos los demás podemos viajar por el mundo haciendo nuestros aquellos paisajes que consumimos perceptivamente. Si contamos con jardines ingleses, japoneses, árabes, etc, y sus matices dependientes del gusto y los valores más sensibles de sus creadores y propietarios, es decir con estilos, también contamos con paisajes agrícolas, urbanos, costeros, etc. que son consecuencia de la actividad humana sobre la superficie terrestre y que con gran representatividad ofrecen algunas de las posibles caras de nuestro planeta a nuestros sentidos. 
 
Uno puede por tanto experimentar el paisaje buscándose a sí mismo y puede buscar paisajes para experimentar. Afortunadamente el hombre es inquieto por naturaleza y los paisajes cambian sin cesar.


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