Península Valdés (Argentina) y la ballena franca.

Texto y fotografías de Jorge Jáuregui. 
 
Situada en la provincia del Chubut en Argentina, unida al continente por el istmo de Carlos Ameghino, con el Golfo de San José al norte y el Golfo Nuevo al sur (originados ambos en movimientos tectónicos) de aguas poco profundas y protegidos del bravo Mar Argentino, la Península Valdés de 360.000 hectáreas, resulta ser uno de los pocos accidentes geográficos de toda la costa patagónica atlántica donde la fauna marina puede encontrar refugio. 
 
Como dato más significativo de este hecho, entre los meses de Mayo y Diciembre se congregan alrededor de 600 individuos de ballena franca austral (Eubalaena australis) de entre los 4000 que actualmente habitan en todo el hemisferio sur (Foto 3). 
 
Por si fuera poco el hecho de ser uno de los más importantes santuarios de ballenas del planeta, la costa de la Península es el único escenario donde se puede contemplar uno de los mayores espectáculos de la naturaleza, el varamiento intencionado de las orcas para dar caza a elefantes y lobos marinos que descansan en las playas, comportamiento aprendido generación tras generación y exclusivo de la población que de forma casi sedentaria frecuenta estas aguas. 
 
Otras especies de cetáceos que podemos observar son los delfines mulares, los delfines oscuros, los delfines comunes y las toninas overas (endémicas de las costas patagónicas) (Foto 5). 
 
Único aposentadero continental de cría de elefante marino del sur ) (Fotos 6,7,8 y 9), enormes colonias de lobo marino de un pelo (Fotos 10 y 11) y de pingüino de Magallanes (Fotos 12 y 13), lugar de cría de varias especies de cormoranes (Foto 14), ostreros (Foto 15), gaviotas cocineras, y garzas brujas (Foto 16), palomas antárticas (Foto 17), y lugar de paso de petreles gigantes del sur y albatros de ceja negra (Foto 18) además de numerosa especies de limícolas. 
 
En cuanto al interior, el paisaje es puramente estepario (Foto 21), de vegetación arbustiva y herbácea, con una altitud máxima en el Cerro Piaggio de 110 metros y varias depresiones de hasta 41 metros por debajo del nivel del mar que forman tres grandes salares, la Salina Grande, la Salina Chica y el Salitral. 
 
La riqueza faunística terrestre es evidente, guanacos (Foto 22), ñandúes, armadillos (Foto 23), zorros, mofetas, búhos virginianos (Fotos 24 y 25)y maras (Foto 26), son fácilmente observables si recorremos las pistas que atraviesan esta estepa. 
 
Por todas estas características, la Península Valdés, declarada patrimonio de la humanidad por La Unesco, resulta ser un lugar único en el planeta, con una riqueza faunística desbordada y con una importancia fundamental para su especie protagonista, la ballena franca austral.  
 
BALLENAS FRANCAS 
 
Pertenecientes al suborden Mysticeti, a la familia Balaeinidae y al género Eubalaena tres son las especies de ballena franca que habitan nuestros océanos, la ballena franca septentrional o ballena vasca (Eubalaena glacialis) la ballena franca del Pacífico norte (Eubalaena japonica) y la ballena franca austral (Eubalaena australis). 
 
La ausencia de aleta dorsal, la hipercurvatura mandibular (Foto 27), y especialmente la existencia de engrosamientos o callosidades en cabeza y labios (Foto 28), que permiten diferenciar a unos individuos de otros, cubiertos de unos pequeños crustáceos anfípodos llamados ciámidos (piojos de las ballenas) caracterizan a este grupo de cetáceos. 
 
Su naturaleza confiada, nadar despacio, poseer una capa de grasa mayor que ninguna otra ballena y el hecho de flotar después de muerta han dado el calificativo de “franca” a estas tres especies ya que hasta la invención del vapor, cuando los buques balleneros pudieron incorporar compresores para introducir aire a presión en el interior de los animales para que flotasen una vez capturados, solo se cazaban ballenas francas (right whales: ballenas correctas) 
 
Ballena franca septentrional o ballena vasca 
 
Antiguamente existían dos grandes poblaciones a ambos lados del Atlántico norte. La población oriental desde el Golfo de Vizcaya hasta el Norte de Noruega y la población occidental desde las costas de la Península de Labrador hasta las costas de Florida. 
 
Ya desde el siglo XIII los vascos daban caza a esta especie, pero la primera cita documentada del uso de ballenas corresponde al 1059 en Bayona (País Vasco Francés) y a lo largo de la Edad Media es cuando tiene su apogeo la caza de la ballena en todo el Cantábrico. 
 
En un principio desde atalayas estratégicamente situadas en la costa, se daba la voz de alarma cuando aparecía algún individuo, entonces se hacían a la mar un grupo de 10 a 15 remeros para dar caza a estos animales. De ahí proviene la tradición de las competiciones de traineras en Euskadi por la competencia que existía en las diferentes localidades por alcanzar los primeros a las ballenas localizadas. 
 
Posteriormente, los vascos, desde embarcaciones mayores, se aventuraban por las costas asturianas y gallegas lo que produjo una desaparición paulatina de las ballenas. Pero en el siglo XVI, durante sus expediciones en busca de bacalao en el Atlántico occidental descubren la gran cantidad de individuos de estos grandes mamíferos marinos que atravesaban el Estrecho de Belle Isle entre Terranova y la Península de Labrador y es entonces cuando empieza la epopeya de los balleneros vascos en esta agua. Financiados por las cofradías se establecieron asentamientos tanto en Terranova como en Labrador en los cuales la actividad exclusiva era la caza de la ballena hasta que a finales del siglo XVII se produce una disminución tan enorme del número de individuos (como siglos antes paso en el Golfo de Vizcaya) que tienen que abandonar dicha actividad. 
 
Pese a la práctica desaparición de ballenas en las costas vascas, la tradición se mantuvo en el siglo XIX en el que se dio caza a 4 ejemplares y fue en el siglo XX en la localidad guipuzcoana de Ornia cuando se dio caza a la última ballena.
 
 
En la actualidad la población oriental se considera ya extinguida. Mientras tanto a finales de siglo XIX y a principios del XX la flota moderna persiguió hasta la práctica desaparición a los individuos que habitaban el Atlántico occidental llegando a quedar tan solo unos 50 en 1935, cuando se protegió a esta especie. 
 
A partir de 1948 el Convenio para la regulación de la caza de ballenas (ICRW) regula la caza de cetáceos y es administrado por la Comisión Ballenera Internacional (IWC) y a partir de 1986 cuando se declara la moratoria esta población empieza a recuperarse y en la actualidad quedan unos 350 individuos desde Terranova hasta Florida. 
 
Ballena franca del Pacífico norte  
 
Distribuida en dos poblaciones, la oriental en el Mar de Bering y el Golfo de Alaska y la occidental en el Mar de Ojotsk, Islas Kuriles y costas de la Península de Kamchatka. Se estima que la población a principios de siglo XIX era de unos 20.000 ejemplares y aunque los nativos de estas costas siempre las cazaron, esto no supuso una reducción drástica de su población y fue durante el siglo XIX y principios del XX cuando se llevó a esta especie al borde de la extinción, hasta que la Comisión Ballenera Internacional prohibió su caza. A pesar de ello siguieron capturando ejemplares y en concreto entre 1963 y 1967 los balleneros soviéticos dieron caza a 372 ejemplares comprometiendo seriamente la viabilidad de esta especie que actualmente está al mismísimo borde de la extinción. 
 
Ballena franca austral 
 
Distribuida por el Atlántico sur, Índico sur y parte del Pacífico sur, aislada de las otras dos especies ya que ninguna de ellas atraviesa los mares tropicales, actualmente es la única especie de ballena franca cuyas poblaciones gozan de buena salud. Aunque no se libró de la gran matanza del siglo XIX y XX, de la que sobrevivieron solo unos pocos cientos, su población se ha recuperado sustancialmente (especialmente después de la moratoria de 1986) con un crecimiento aproximado del 7% anual y actualmente entre 3000 y 4000 ejemplares vagan por los océanos australes, observándose con facilidad en las costas de Sudáfrica, Nueva Zelanda, y especialmente en la Península Valdés donde alrededor del 20% de la población mundial se congrega anualmente, convirtiéndose este lugar en el mayor santuario del planeta. 
 
PESCADORES DEL GOLFO DE SAN JOSÉ 
 
 
 
En el litoral del más pequeño y mejor conservado de los dos golfos subsiste una población dedicada a la pesca artesanal de moluscos bivalvos, especialmente de vieiras.
 
 
Distribuidos en varios asentamientos, en tres de ellos de forma permanente, Riacho de San José, Larralde y Punta Gales y en una de las zonas más remota de la península, cerca de la boca del golfo, se sitúa el asentamiento de Bengoa (Fotos 30, 31), donde los hombres se instalan en caravanas (Foto 32), para hacer la temporada, lejos de sus hogares habituales. 
 
Durante mis dos meses de permanencia en la Península, he tenido la grandísima oportunidad de convivir con la única familia que habita en Punta Gales, abriéndome la puerta no solo de su casa sino también del resto de pescadores de la zona, especialmente en Bengoa (Foto 33). 
 
Acompañándoles en sus jornadas de pesca en pequeñas embarcaciones (Foto 34) equipadas de viejos compresores que les suministran aire en sus largas inmersiones (Fotos 35,36 y 37) para coger a mano los moluscos que habitan en los fondos, pude observar y fotografiar la fauna marina de la mejor forma posible, desde una embarcación y con los más expertos, que por cortesía me llevaron a los lugares más interesantes. 
 
Lo más significativo en cuanto a la relación de estos hombres con el medio es el hecho de que realizan su actividad en uno de los lugares con más concentración de ballenas del planeta (Foto 38) y que además cuenta con una población casi sedentaria de orcas, lo que les permite hacer observaciones realmente interesantes, que en los momentos de ocio compartían conmigo. Varios de estos hombres en una ocasión tuvieron la oportunidad de ver a un grupo de seis orcas atacando a una ballena y a su ballenato albino y como esta defendió a su cría subiéndolo a su lomo y dejándolo fuera del alcance de las fauces de estos depredadores y tras una larga pelea con las orcas estas abandonaron logrando salvar así a su pequeño. 
 
Me contaban también que ocasionalmente, mientras permanecían debajo del agua, las orcas se acercaban en actitud curiosa a muy corta distancia, pero que nunca se había producido ningún ataque. 
 
Pero lo más interesante en cuanto a la relación de estos hombres con las ballenas es el hecho de que, en algunas ocasiones, algún individuo de carácter especialmente manso, les seguía como buscando algo, lo que generalmente suponía una molestia ya que dificultaba sus labores de pesca, pero que de vez en cuando, si disponían de tiempo “jugaban con la ballena” subiéndose a su lomo mostrando esta una actitud confiada y cuidadosa con los hombres y permitiéndoles que se subieran incluso a la aleta caudal. Pero ellos habían descubierto que lo que la ballena realmente quería era que le quitaran los parásitos de los ojos y que cuando un ojo estaba limpio, esta se daba la vuelta mostrando el otro ojo. 
 
Sin duda alguna este fenómeno documentado en esta grabación de hace algunos años y que ellos me regalaron es de sumo interés no solo científico, sino también por el hecho de que está especie tan masacrada todavía pueda encontrar protección y respeto por parte del hombre en un lugar como Península Valdés.

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