Los noruegos y sus glaciares.

Texto y fotografías de Fco. Javier Pedrosa. 
 
Los glaciares, en Noruega, no son únicamente masas de hielo que se desplazan por gravedad laderas abajo de las montañas. En su recorrido, en busca de un punto teórico localizado en el nivel del mar, han dejado huellas indelebles en el paisaje e historia de este país. Incluso la idiosincrasia propia de sus ciudadanos presenta ciertas similitudes con los hielos glaciares. Por el número en que se presentan y las consecuencias de su existencia se pueden considerar todo un elemento configurador de la identidad nacional de este pueblo, podemos asegurar que se trata de un símbolo. Y así fue utilizado, conjuntamente con los lagos, fiordos, bosques y montañas, durante el periodo del Nacional romanticismo. Los glaciares fueron representados pictóricamente de manera fiel a la realidad cuando la pintura noruega alcanzó un papel propagandístico. En la actualidad, son todo un atractivo turístico reconocido por los visitantes extranjeros que buscan en este país todo lo maravilloso que esconde su paisaje. No en vano, buena parte del origen de éste, depende, directa o indirectamente, de la actividad de los glaciares. Pero, esa curiosa y banal percepción de los hielos glaciares noruegos no siempre ha sido igual. 
 
Los primeros habitantes del país se acercaban a estas grandes extensiones de hielo en busca de piezas que cobrarse, sobre todo renos, que esperaban encontrar en manadas, reposando sobre las frías superficies, durante la época estival, cuando las temperaturas eran excesivamente elevadas para unos animales perfectamente adaptados a los rigores climáticos del septentrión europeo. Los glaciares fueron utilizados hasta hace muy poco tiempo como importantes vías de comunicación entre valles situados a ambos lados de las divisorias de agua. Esto ha sido posible desde hace, al menos, unos 4.000 años gracias a los esquís inventados por los samis. Aún se conservan imágenes en las que se puede observar cómo los feligreses asistían a misa después de recorrer con sus esquís, a menudo, kilómetros sobre las superficies heladas asentadas en las más altas montañas noruegas. 
 
En nuestros días, los glaciares noruegos juegan un papel de suma importancia en el atractivo paisajístico del país así como en el contexto de las nuevas tendencias turísticas basadas en el contacto directo con la naturaleza a través, por ejemplo, de la práctica de deportes de riesgo como el alpinismo o el heliesquí. Uno de los primeros en percatarse de ello fue el británico Cecil Slingsby quien, a finales del siglo XIX, dio el nombre de “Norway: the northern playground” a su obra más conocida, basándose para ello en las posibilidades que las montañas noruegas y sus glaciares ofrecían para la práctica de estas disciplinas deportivas que en aquellos momentos llegaban a este país. 
 
Pero no es ya tanta la importancia de su existencia como las consecuencias de la misma por tener éstas unas connotaciones económicas de carácter industrial o energético. Es, sobre todo, la capacidad de los hielos glaciares para transportar y depositar su carga morrénica así como la fusión de los hielos y el consecuente aprovechamiento de sus aguas canalizadas las que otorgan un valor incalculable a la existencia de estos “isbreen”. De las formas de acumulación glaciar los noruegos extraen, sin apenas esfuerzo, los materiales rocosos granulométricamente válidos (arenas y gravas) que serán utilizados como áridos y destinados a la fabricación, por ejemplo, de hormigón. Pero, mayor trascendencia económica tienen las aguas de fusión glaciar que son aprovechadas por el sector hidroeléctrico. Una vez canalizadas y transportadas hacen girar las turbinas que permitirán obtener y almacenar energía eléctrica para ser, a posteriori, distribuida dentro del país o exportada allende sus fronteras.
Otra manera de comercializar el agua de fusión de los glaciares es embotellándola. En este país podemos encontrar vodka hecho con tal agua o agua plana, como dirían los ingleses, lista para ser consumida. 
 
Si bien los glaciares han otorgado numerosas posibilidades de desarrollo comercial a los noruegos también es cierto que la coincidencia espacial y temporal de unos y otros ha sido contraproducente para ambas partes. Varios desastres naturales históricos ocurridos en el país han tenido una estrecha relación con la presencia de los glaciares en zonas concretas. El famoso glaciar de Nygårds (Fotos 1, 2 y 3) recibió este nombre después de avanzar en 1.743, en plena Pequeña Edad del Hielo, sobre la granja homónima destruyendo todo lo que encontraba a su paso. En la localidad de Loen (Foto 4) todavía se recuerda a las personas que perecieron, hasta en dos ocasiones distintas (1.904 y 1.936), como consecuencia de una gran ola en el lago Lovatnet originada por un desprendimiento cuyo origen fue atribuido a las filtraciones de agua de fusión glaciar. En Jotunheimen (Foto 5) son varios los cazadores y alpinistas que han fallecido en los hielos del actual parque nacional desarrollando algunas de las actividades que más disfrutaban y mejor sabían hacer. Ya en el año 1.972 desaparecía una avioneta con su único ocupante en los hielos suroccidentales del gran Jostedalsbreen (Foto 6) que, hasta la fecha, no ha vuelto a aparecer.
Pero, los glaciares, como decíamos, también se han visto afectados por las actividades humanas. Al estar la existencia de estos hielos determinada por cuestiones climáticas y el clima condicionado, en buena medida, por las actividades humanas los glaciares reducen año tras año su extensión y espesor debido al aumento de las temperaturas globales. Algunos glaciares, como el de Briksdal (Foto 7 y 8), que alcanzaron un punto de máximo alcance reciente en 1.997 ya no permiten, desde el año 2.007, la práctica de ciertas actividades lúdicas con recompensa económica para la población local.
De acuerdo al aspecto actual de los glaciares estamos en condiciones de vaticinar el final de un ciclo en las relaciones entre Hombre y glaciares que se abría hace unos 40.000 años. Los hielos tienden a desaparecer mientras la especie humana comienza a sufrir la escasez de un elemento necesario para la vida que se ve acumulado sobre los continentes (Foto 9), en su inmensa mayor parte, en forma de hielo y que pronto podría desparecer. No es este un comentario alarmista sino fehaciente y con base científica pues los últimos estudios revelan la posibilidad de que el Jostedaslbreen hubiera desaparecido totalmente hace unos 8.000 años para volver a formarse hace unos 5.000 años. No en vano, se ha observado una red dendrítica asociada a relieves de origen fluvial en el Sognefjord que nos confirmaría un modelado en base a la existencia de aguas en estado líquido y no en estado sólido.
Al margen de opiniones, percepciones y valoraciones se encuentra un país en el que los glaciares son lo que siempre han sido: masas de hielo asentadas en las montañas que los abuelos y bisabuelos de los actuales noruegos han admirado y temido como si de seres mitológicos se tratara. En esta convivencia reside la grandeza de los noruegos y sus glaciares.

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