La percepción de la escala.

Texto y fotografías de Fco. Javier Pedrosa. 
 
En el anterior artículo publicado en geoface.es, “Colores de Puerto Natales”, se presentaba una pequeña colección de imágenes que pretendían mostrar la importancia que el color tiene, por su valor estético pero también simbólico, en la percepción e interpretación de los paisajes. La colección de imágenes publicada trataba de ser algo más que una serie documental de carácter gráfico; también pretendía suscitar otras actividades intelectuales que fueran más allá de la mera compresión o asimilación de una realidad concreta en términos paisajísticos. Se pretendía incitar al observador a que explorara en el detalle con su imaginación y, por ejemplo, tratara de acercarse a la cotidianeidad de aquellas personas que levantaron esos edificios y que, en buena medida, todavía viven allí. Se recurría, por tanto, a la expresividad de unas imágenes que mostraban algunos detalles (gran escala) del caserío de una población concreta para buscar una reacción ante lo observado o proponer una interpretación de lo percibido. No unas imágenes cualquiera sino aquellas que mostraban el punto de vista de quién tomó las fotografías, aquellas que se convertían en el vínculo establecido entre una percepción y el entorno percibido en función de la proximidad o lejanía del observador con respecto a lo observado (ocasión) y posteriormente representado (selección). 
 
Cada fotógrafo, cada pintor, cada poeta, cada persona tiene su propia percepción del paisaje y aquel que la quiere compartir a través de una representación lo hace recurriendo a un punto de vista concreto y a un encuadre determinado, como si estuviera viendo el paisaje desde una ventana. En esta actividad es oportuno considerar y utilizar diferentes escalas a la hora de representar los paisajes pero, desde luego, es poco común el hacerlo a muy grande o muy pequeña escala de tal manera que la imagen tienda a la abstracción y sólo puedan reconocer en ella los elementos que forman ese paisaje (otras veces puede tratarse de un territorio) los ojos más habituados a la observación y la contemplación. Eso podría suceder con la Fotografía 1. Se trata de una fotografía oblicua en la que se intuye la presencia de un río. En ella también se pueden ver muchos más detalles, formas de relieve con nombre concreto, materiales e incluso las condiciones climáticas predominantes en el espacio acotado por la representación elegida. ¿Todos vemos esto? Pero la pequeña escala de la Fotografía 1 también nos permite percibir algo que no tiene nada que ver con la realidad. Es una imagen sugestiva; al mismo tiempo abstracta y subjetiva, elocuente y objetiva. Veamos ahora la Fotografía 2. ¿No sucede lo mismo? Incluso, quizá, de una manera más acusada. En la Fotografía 3 volvemos a ver una red dendrítica. ¿Vemos todos una cuenca hidrográfica? Aquí empiezo a pensar que cada uno de ustedes debería ver la colección de imágenes antes de leer este texto… 
 
Así, el dominio de las diferentes escalas en la representación del paisaje pasa a ser un recurso de índole estética y estilística para el paisajista -entendido éste como la persona que representa paisajes-. Pero volvamos a la otra actividad básica, y en este caso inicial, del ser humano frente al paisaje: la percepción. Dice Joan Nogué en su libro “Entre paisajes”: “Se entiende habitualmente por paisaje la panorámica que nuestros ojos perciben a una distancia media, esto es a unos cuantos centenares de metros o, a lo sumo, a unos pocos kilómetros de nuestra posición. Ésta es y ha sido la escala por excelencia no sólo en la pintura de paisajes como tal, sino prácticamente en todo lo referente al paisaje y desde todos los ámbitos imaginables. 
 
Sin embargo, tengo la impresión de que nuestra percepción y vivencia del paisaje es mucho más “interescalar” y, por lo mismo, mucho más rica y compleja de lo que da de sí una escala media. Sin lugar a dudas, ésta ocupa un lugar preferente en nuestro proceso de aprehensión del entorno, pero no es la única, ni es siempre la más determinante en nuestro quehacer cotidiano. Existe una escala mucho mayor que actúa a modo de fondo escénico y que, aparentemente, tiene un papel menos relevante…” A partir de esta idea el director del Observatorio del Paisaje de Cataluña continúa diciendo “esta escala me parece muy sugerente porque nos descubre micropaisajes…” Entonces la gran escala también puede enseñarnos aquello que no vemos o que por su aparente falta de interés nos negamos a observar. No sé si es demasiado drástico o demasiado pretencioso considerar que aquello que encontramos a nuestro alrededor al fijarnos más detenidamente en los elementos más pequeños que forman el paisaje puede llevarnos a descubrir nuevos paisajes pero al menos el trabajo de Joan Nogué nos sugiere un nuevo camino para acercarnos a las diferentes percepciones que del paisaje tienen los hombres y que viene a enlazar con lo dicho más arriba. Con las Fotografías 4-22 (elementos bióticos y abióticos del paisaje que completan la colección de fotografías de elementos antrópicos presentada en el artículo anterior ya mencionado) pretendo reflexionar sobre todo esto. 
 
También quisiera, antes de acabar este artículo, recordar lo escrito por otro importante profesional del paisaje como es Javier Maderuelo. En “La mirada del arquitecto” escribe sobre la ceguera de los arquitectos del siglo XX hacia el paisaje. “Una ceguera que no ha sido patrimonio exclusivo de la arquitectura ya que otras artes, como la propia pintura, desde las vanguardias, han abandonado también el paisaje como tema del arte, refugiándose en el bodegón, el expresionismo del retrato y, muy particularmente, en la abstracción irreferencial”. Pero, en cambio, ya hemos visto que la representación del paisaje puede llegar a ser muy abstracta e “irreferencial”. Las mismas fotografías mencionadas vuelven a servirnos para seguir reflexionando y para incidir de nuevo en el mensaje que este texto pretende: la representación fotográfica de los paisajes es directamente proporcional a la percepción de los mismos por parte del fotógrafo quien interpreta una realidad dirigido por los condicionantes culturales aprehendidos y materializa una concepción particular e individual (puede llegar a convertirse en plural a través de las obras de arte) con la selección de unos recursos elegidos como, por ejemplo, el domino de la variación de la escala. ¿Mirar u observar? ¿Documentar o crear? ¿Representar o reflexionar? ¿Paisaje o micropaisaje? Para todo esto tenemos la Fotografía 23.

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