La naturaleza desnaturalizada.

Texto y fotografías de Fco. Javier Pedrosa. 
 
Con anterioridad a la aparición del hombre en este planeta ya existían los bosques, ríos y montañas, era cuando los movimientos tectónicos y las condiciones climáticas determinaban el aspecto de la naturaleza. En aquellos tiempos las erupciones volcánicas o la ausencia o abundancia de precipitaciones en forma de lluvia o nieve transformaban frecuentemente amplios espacios de la superficie terrestre y lo que con el tiempo se conocería como paisaje. Pero con la irrupción de nuestra especie en la Historia de La Tierra todo cambiaría. El mismo hecho de estar aquí conllevaba el desarrollo de una serie de nuevos procesos cognoscitivos que desencadenaron transformaciones en la naturaleza. Por un lado existe ahora una nueva percepción de la naturaleza: se entiende esta como una fuente de recursos alimentarios en la que se caza y recolecta en pos de la supervivencia. En ella también residen los preceptos espirituales de las prístinas sociedades Estas actividades traen consigo la aparición de zonas, de áreas, de límites que permitirán la creación y desarrollo de un territorio; por otro lado, poco a poco, se empieza a transformar la naturaleza y su aspecto tan pronto como la nueva especie comienza a desplazarse y buscar refugio. Se establecen de esta manera rutas y caminos que conectan los distintos polos de un territorio incipiente y lo hacen más complejo. 
 
Con la agricultura y la ganadería la superficie terrestre conocerá la transformación más drástica de su aspecto. Se aclaran los bosques para cultivar terrenos y crear zonas de pasto. Poco después se decide demarcar las propiedades y establecer lindes físicos con consecuencias por todos conocidas. Otras actividades tan agresivas con el entorno como la minería, la pesca o la industria, de manera directa o indirecta, modifican la apariencia de nuestro planeta. 
 
El desarrollo de estas y otras actividades humanas tiende a alejar a la naturaleza de sí misma, tiende a desproveerla de sus proporciones y aspecto originales, tiende a desnaturalizarla hasta tal punto que podemos decir que la naturaleza desnaturalizada vive en nosotros. Además, hemos alcanzado casi todos los rincones de la superficie terrestre dejando constancia de ello en el paisaje de los lugares, la amplitud del radio de acción ha sido enorme y prácticamente no contamos con ningún espacio que no presente vestigios de nuestro paso. 
 
Entre el estado original de la naturaleza y su opuesto, representado por las aglomeraciones urbanas, contamos con el medio rural. El medio rural representa un estado avanzado pero no definitivo de actuación sobre la naturaleza en el que los elementos naturales predominan en detrimento de los antrópicos. En cambio, la apariencia del medio rural no depende tanto de los diferentes procesos naturales como lo hace de la actividad de las comunidades humanas o, dicho de otro modo, los paisajes rurales son esencialmente antrópicos. 
 
En los paisajes rurales vemos la esencia de la relación histórica entre el hombre y su entorno, encontramos huellas de la transformación de la naturaleza adscritas a magnitudes espaciales y temporales, nos reencontramos con la historia de la naturaleza y del hombre a través de las formas, texturas, colores, etc. de la superficie terrestre. El paisaje se convierte entonces en la consecuencia de un proceso acumulador histórico cuya percepción e interpretación adoptan puntos de vista diversos. Fuera como fuere el paisaje acaba siendo para unos y otros un patrimonio cultural compuesto por elementos bióticos, abióticos y antrópicos que se conjugan en desigual proporción dependiendo de circunstancias concretas. Es por ello que el paisaje puede ser entendido como un lenguaje que nos permite comunicarnos con el pasado político, económico y social de nuestros antepasados. Por supuesto que el paisaje tiene un valor histórico pero también residen en él otros valores como el identitario o el estético. Cualquiera de los tres supone un puente al conocimiento de las sociedades y de nosotros mismos. Es por ello que disciplinas científicas como la Biología, la Geología, la Geografía, la Historia o la Antropología se reivindican como instrumentos de intervención válidos en algunos sectores económicos y óptimos en otros concretos como el turismo. 
 
Entre los intereses de los turistas a nivel mundial el consumo del patrimonio histórico-artístico y del patrimonio natural ocupan lugares preferentes. Las visitas culturales a museos o edificios históricos, el contacto con la población local y sus costumbres son disfrutadas por los visitantes en todo el mundo desde hace varios siglos. En cambio, el patrimonio natural de los pueblos es consumido en crescendo desde hace tan sólo unas pocas décadas pero amenazando con convertirse en la selección mayoritaria de los turistas. Sin duda, la interpretación del paisaje se vuelve fundamental a la hora de ofrecer a los consumidores aquello que demandan y, al mismo tiempo, permite informar a quienes visitan los espacios al aire libre en general y los espacios protegidos en particular. La interpretación del paisaje pasa a ser la vía al conocimiento y entendimiento del entorno en que vivimos, viajamos, representamos o imaginamos. 
 
Además resulta que el paisaje es también un escenario, vivo, en evolución, para la vida del hombre, es por tanto contenedor –en el sentido ya dicho de aglutinador histórico- y contenido –principalmente en la vida cotidiana del hombre-. 
 
Hombre y entorno vuelven a encontrase de nuevo, esta vez desde una perspectiva intelectual e integradora que se dosifica a través de la percepción individual o colectiva, profesional o aficionada pero siempre constante. La naturaleza desnaturalizada vive en nosotros y su retrato en el paisaje. 
 
Artículo publicado anteriormente en www.cordillera-cantabrica.com.

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