La fauna en el paisaje.

Texto y fotografías de Fco. Javier Pedrosa. 
 
Como persona, como geógrafo y como guía siempre he fijado mi atención en los elementos naturales del paisaje terrestre. Me refiero a aquellos que forman tres de los “niveles” o “capas” que se superponen para construir un edificio teórico que busca la interpretación del paisaje: sustrato rocoso, vegetación y fauna. Pero, en este artículo incido en la importancia que la fauna tiene en la interpretación del paisaje, aunque sin olvidar la flora y, particularmente, las especies autóctonas. La idea de este escrito parte de una necesidad profesional que surge como consecuencia de numerosas y repetidas preguntas recibidas durante las jornadas laborales “a plein air” interpretando paisajes en diferentes continentes. Parece ser que la percepción del paisaje por parte del público mayoritario no incluye como elemento de aquel a la fauna en su generalidad. En cambio, yo sí incluyo entre los escépticos a algunos otros especialistas en la materia, biólogos y ornitólogos principalmente. 
 
Si bien es cierto que la vegetación en sí misma puede caracterizar un paisaje (pensemos en la selva amazónica), incluso se habla de paisajes vegetales, más difícil es confirmar por su escaso protagonismo en la percepción visual del paisaje, salvo en situaciones y especies puntuales, la importancia de la flora. 
 
Y, aunque no solemos hablar de paisajes florales, en algunos casos la presencia de flores es más que relevante (pensemos ahora en los campos llenos de amapolas o margaritas y en algunos famosos cuadros de Monet). Algunas florecillas pueden aportar datos imprescindibles para un profundo conocimiento del espacio considerado y, por tanto, una correcta interpretación del aspecto que ese espacio muestra. 
 
O dicho de otra manera, una vez sabido que la existencia y distribución de las especies vegetales dependen de las características del suelo en el que se desarrollan, las condiciones climáticas y las peculiaridades de la biota a la que pertenecen, no es exagerado afirmar que su presencia, por mínima o exclusiva que sea, pasa de ser testimonial en la interpretación de un paisaje a complementaria ya que ese paisaje también puede ser percibido por medio del sentido del olfato y a través del conocimiento indirecto de las características edáficas, climáticas y ecológicas que nos proporciona el distinguir una especie de la flora local determinada. Lo mismo sucedería con algas, musgos y líquenes. Esto es lo que nos encontramos en algunos parajes de la cordillera andina patagónica o el archipiélago canario, por ejemplo, en donde los endemismos vegetales y la originalidad de los diferentes nichos ecológicos, debido a la altura, exposición, suelos, aislamiento, etc., acaban convirtiéndose en claves fundamentales para la interpretación del paisaje. 
 
Consideremos ahora la importancia de la fauna. Aunque los geógrafos llevan varias décadas dedicados al estudio de la vegetación y la fauna desde la óptica de la Biogeografía no son muchos los que se detienen en su justa medida a la hora de analizar la importancia que los animales tienen en la labor interpretativa de los paisajes. Al igual que la flora, los animales no suelen ser, salvo ejemplos concretos y mayoritariamente conocidos, elementos visibles del paisaje sobre todo porque los individuos salvajes tienden a esconderse, a mimetizarse con su entorno, a pasar desapercibidos… Aunque no todos puesto que los predadores que ocupan los últimos eslabones de la cadena trófica (úrsidos, felinos, algunos cetáceos dentados, grandes reptiles y anfibios, etc.) y la inmensa mayor parte de aves (por la protección que les ofrece volar y sus lugares de nidada) son, en cierto modo, fáciles de observar y por ello pueden constituir elementos visibles de los paisajes e, incluso, elementos característicos y/o representativos de los mismos (Fotografia 1). 
 
Pero, claro, la percepción de los elementos que forman el paisaje también se realiza de forma indirecta y subjetiva. Pensemos por ejemplo en una de las migraciones anuales más espectaculares del Reino Animal: la del bacalao (Gadus morhua). Pese al inmenso número de individuos que la protagonizan casi pasa desapercibida ante nuestros ojos. Es cierto, no podemos ver estos animales desplazándose bajo las frías aguas del Atlántico Norte, desde el mar de Barents hacia el mar de Noruega pero, en cambio, no se puede explicar el paisaje de buena parte del Atlántico Norte y Ártico europeo (costas de Islandia, Noruega e Islas Faroe) sin contar con ellos. En la mayor parte de las villas costeras de las provincias noruegas de Nordland, Troms y Finnmark el patrón de asentamiento ha venido dado por la topografía de la costa y la actividad económica histórica y principal, la pesca del bacalao. Además, buena parte del valor estético del paisaje en este sector del continente europeo, lo pintoresco de estos lugares, está también íntimamente relacionado con la presencia del bacalao cada invierno (de enero a abril) en estas aguas. Hablamos de elementos subjetivos del paisaje, de valores estéticos indirectos del mismo y de protagonistas ocultos de este. Un elemento natural del paisaje que se manifiesta a través del valor cultural (histórico, productivo, ecológico, simbólico e identitario) del mismo paisaje (Fotografía 2). 
 
Si reconocemos que el paisaje es consecuencia de un proceso acumulador histórico (Martínez de Pisón) la toponimia es un camino para estudiarlo y conocer la historia de aquellos que lo crearon y transformaron. También en Noruega tenemos buenos ejemplos de todo esto. En la provincia de Nordland nos encontramos con Ørness, Kvalness, TranØy y FuglØy que traducimos al español como Cabo Águilas, Cabo Ballenas, Isla de las Grullas e Isla de los Pájaros respectivamente (Fotografias 3, 4, 5, 6 y 7). Una percepción del entorno mediatizada por la presencia, posiblemente abundante, de unas especies animales concretas. Poco o nada más habría que añadir. 
 
Tenemos algún ejemplo parecido en nuestro país. En Asturias en concreto, en el Parque Natural de Somiedo. Aunque está claro que en la actualidad la población de oso pardo cantábrico (Ursus arctos cantabricus) no es lo suficientemente extensa como para considerar a los pocos individuos que transitan por el Parque Natural asturiano elementos visibles del paisaje, sí, en cambio, podemos considerar a la especie, de acuerdo a los argumentos anteriormente esbozados, como parte fundamental de un paisaje característico, tanto como los valles en artesa o las cabanas de teito. El hecho de que posiblemente ningún visitante del espacio protegido separe la figura del oso pardo cantábrico del paisaje de Somiedo se la debemos con casi total seguridad a la imagen de este promovida por la Administración local y autonómica, empresas del sector turístico allí afincadas, medios de comunicación y, por supuesto, al conocimiento del entorno por parte de la población local. Otro elemento natural del paisaje casi invisible que se materializa en un valor simbólico, etc. de este y de toda una comunidad humana, y no sólo la somedana ya que podría hacerse extensivo a toda la Comunidad Autónoma… 
 
Todavía podemos ir más allá y ofrecer más ejemplos que corroboren lo que venimos diciendo. Pero vamos a pensar ahora en el valor fundamentalmente estético del paisaje y, por tanto, en una percepción visual del mismo, es decir, en la presencia obvia de animales y su importancia en la caracterización del paisaje. Aunque todos conocemos los ejemplos de los ñus en la sabana africana, las mariposas monarca en América o las diferentes especies de correlimos en las costas europeas voy a ofrecer un caso más original o menos conocido, el de los cisnes de cuello negro (Cygnus melancoryphus). Estos animales se reúnen en grandes grupos en las costas protegidas de la Patagonia chilena, próximos a caudales de agua dulce como rías, estuarios o fiordos que reciben abundante agua de fusión glaciar o aquella procedente de la escorrentía. Su número llega a ser tal que pueden alcanzar tanto protagonismo como la infraestructura dedicada al cultivo acuícola, muy extendido en el país chileno (Fotografía 8). 
 
Pueden llegar a intervenir en la estética del paisaje modificándolo temporalmente al añadir color, movimiento y sonido en espacios determinados que llegan a ser accidentes geográficos y nichos ecológicos al mismo tiempo (Fotografía 8). 
 
Pero no podía terminar este texto sin citar un ejemplo clásico que todos hemos comprobado alguna vez. Me refiero a la abundante presencia de las diferentes especies de gaviotas, págalos y charranes que son indisociables de la iconografía paisajística costera y la imaginería popular propia del litoral. No hace tantos años eran muchos los individuos alados que seguían (en algunos casos todavía sucede) los barcos pesqueros o de pasajeros con la intención de incorporar a su dieta los desechos orgánicos que las embarcaciones generaban. ¿Sería excesivo confirmar que las gaviotas son tan propias de los ambientes/paisajes costeros y marinos como los propios barcos o el mismísimo mar?

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