Dos hombres y un destino

Texto y fotografías de Fco. Javier Pedrosa. 
 
Habíamos pasado un día entero con todas sus horas en un autobús repleto de turistas que avanzaba por las carreteras de ripio como un armadillo borracho, desplazando su carga de lado a lado dependiendo de la originalidad del bache a salvar. Nuestros pensamientos y comentarios parecían adaptarse al ritmo impuesto por el vaivén del cansado vehículo y la alternancia de nubes y claros en el cielo. Ora David señalaba con su dedo un brillo en las rocas ora yo hablaba de las formas de las nubes y, con el rodar, las imágenes percibidas a través del cristal se convertían en una larga secuencia para recordar. Cada dos horas se nos permitía abandonar el habitáculo para estirar las piernas y visitar los baños lo que también servía para observar a los compañeros de viaje: una bailarina israelí, una niña futbolista, un intelectual francés, dos ingleses borrachos… Esto es lo que veinticuatro horas de viaje por tierras argentinas dieron de sí. Pero, finalmente, llegamos a Bariloche. A decir verdad, no es la ciudad que esperaba pero para nosotros constituía un lugar muy interesante valorado, sobretodo, por su localización y oferta comercial. Aquí compramos comida, alquilamos un coche, paseamos a orillas del Nahuel Huapi y visitamos el parque nacional homónimo en el que se halla el Cerro Tronador. Pasamos un par de noches a los pies de este gigante antes de continuar nuestro viaje hacia Chile. 
 
El Cerro Tronador, muy próximo a la población de Bariloche, es una sublime montaña compartida por los dos países sudamericanos que está formada por el cono de un antiguo volcán y la capa de hielo permanente que lo cubre. Con la subida de las temperaturas a la salida del sol el hielo glaciar comienza a resquebrajarse y fundirse. Bloques y trozos de menor tamaño suelen desplomarse y recorrer varias decenas de metros en caída libre que, descomponiéndose en pequeñas partes al tropezar con las paredes rocosas, llegan a alcanzar las aguas del lago que ellos han formado. El ruido -o música celestial, según se mire- que produce el choque entre elementos (tierra y agua) retumba de tal manera que se hace notar en kilómetros a la redonda y dota de un componente dramático al paisaje ya de por sí sensual. Aunque en ningún momento del viaje habíamos hecho planes para llegar hasta aquí el soberbio espectáculo que ofrece diariamente el modus operandi de esta montaña cautivó mi atención hasta tal punto que a día de hoy todavía lo reconozco como uno de los “lugares” de de este “mi mundo”. 
 
Para llegar a Chile debimos conducir todavía durante dos horas más por carreteras asfaltadas. Atravesamos Villa la Angostura, nos abrimos paso entre lagos, bosques y montañas y llegamos a la primera frontera. Era una frontera concurrida, llena de civiles y militares argentinos. Los coches habían hecho una cola de más de quinientos metros de largo, y nosotros estábamos al final. Aunque no lejos de nuestra posición rondaban al menos tres soldados en ningún momento me pareció seguro dejar solo aquel equipaje tan frágil y valioso que llevábamos. Decidimos pués que yo iba a la garita con los dos pasaportes mientras David esperaba en el coche custodiando nuestras bolsas, es decir, nada que no hubiéramos hecho antes en varias ocasiones. Pero aquel plan resultó ser un error. Llegué a la garita donde estaban hacinadas varias personas con serio semblante y pasaporte en mano. Extrañamente, reinaba un silencio que presuponía orden, eficiencia y, por tanto, corto tiempo de espera. Fue pensar esto y ya tenía a tres personas colándose y “compartiendo” su felicidad a voces. Tres parejas de argentinos de unos cincuenta años, sin problemas económicos, que empezaron a condicionar mi ánimo. 
 
Ya había pasado más de media hora y yo seguía mirando el coche con David dentro a través del cristal de la ventana y sin, todavía, conseguir los visados. Cuando llegó mi turno y me acerqué al mostrador mi humor ya había cambiado considerablemente. Saludé al hombre que me atendía pero ni siquiera me miró, tan sólo extendió su brazo derecho haciendo ademán de coger los documentos. Yo lo entendí y se los di pero, de seguido, me increpó porque el propietario del otro pasaporte no estaba presente. Me mandó ir a buscarlo y perdí mi puesto en la cola. Debíamos empezar otra vez. Pero antes de dejarme marchar me preguntó que por qué habíamos actuado así: 
 
— Porque llevamos un equipaje muy especial y no queremos correr riesgos. —Le dije—. 
 
Vi cómo la sangre le subía a la cabeza y a la cara, sus yugulares se hinchaban y empezaba a ponerse de pié para decirme: 
 
— Esto está lleno de milincos, estamos en todos lados, ¿crees que alguien se atrevería a robar con nosotros aquí? ¿Tú qué te piensas que es esto? ¿Crees que todavía andan los indios por aquí o qué? 
 
Me pareció muy extraño que quisiera que le contestase a aquellas preguntas pero más extraño aún me pareció que me gritara y para el grado de sensibilidad que yo manejaba en aquel momento los gritos fueron excesivos. La sangre también se subió a mi cabeza, rellenó mis yugulares e incliné mi cuerpo para contestar aquel despropósito de pregunta: 
 
— ¡El problema es ese…, que los indios ya no están, os los habéis cargado a todos. Si este fuera un país de indios no guardaría con celo mis pertenencias! 
 
Esta también fue un despropósito de respuesta que trajo consecuencias. Antes de poder encaminarnos hacia el coche, otro hombre, vestido de paisano, que yo no había visto antes tomó nuestros pasaportes y nos dio una orden: 
 
— Vayan a por su coche y pónganlo aquí delante. Este oficial les acompañará. Los pasaportes, de momento, son míos. 
 
Nos habíamos metido en un problema y no teníamos más remedio que acatar las órdenes de aquella autoridad y recurrir a la paciencia. 
 
El coche fue aparcado entre las personas que entraban en el país y aquellas que lo abandonaban, estábamos a la vista de todo el mundo recibiendo un trato de narcotraficantes. Aquel puesto militar no contaba con perros ni detectores electrónicos por lo que nos registraron con el procedimiento habitual. Nos hicieron sacar todo lo que había en el vehículo para ponerlo en una mesa donde iba siendo repasado sistemáticamente de manera extremadamente minuciosa. El interior de las cámaras fotográficas, los sacos de dormir, la pasta de dientes, las bolsas con muestras y nuestra ropa fueron chequeados exhaustivamente con la esperanza de encontrar algo para inculparnos. Cuando vieron la arena y los cantos que recogí en la Patagonia Austral pensaron que era suficiente para asustarnos pero pronto se dieron cuenta de que lo que pretendían no era cabal. Llegamos a estar dos horas a merced de aquellos soldados y mandos argentinos que confundieron la sinceridad con el daño a la patria. 
 
Después del registro nos dejaron marchar y recorrer los kilómetros de ¨tierra de nadie” que se extienden entre las dos naciones. Y, ahora, tendríamos que pasar el segundo borde. La demora en la frontera chilena no fue exagerada. El control fitosanitario, el más estricto, nos obligó a comer dos grandes trozos de queso azul sin pan antes de regresar al coche. El fuerte sabor del lácteo fue lo más desagradable de nuestro encuentro con los funcionarios chilenos. 
 
Era de noche ya. Bajo una densa cubierta nubosa, rodeados de frondosidad y con los oídos taponados por el cambio de presión, extasiados por haber entrado en tan sutil país y reencontrados ya con nuestro humor reanudamos la marcha. Mientras que descendíamos por la carretera Andes abajo lamentábamos lo sucedido en la frontera pero sobre todo lo tarde que era y lo oscuro que estaba. Tan sólo pudimos contemplar la belleza aislada del prominente Cerro Pantojo que empezaba a mimetizarse con su entorno y a desaparecer ante nuestros ojos con los últimos rayos del atardecer. 
 
En aquella deriva hacia el Pacífico rodamos varios kilómetros sin localizar ningún lugar franco donde levantar la tienda de campaña y descansar con prontitud así que optamos por buscar un camping donde instalarnos. A media noche reconocimos retazos de civilización entre la niebla gracias a las luces de un complejo turístico que representaba todo un oasis para nosotros en medio de tanta indecisión. Se trataba de un camping a la orilla de un lago donde la vegetación hacía las veces de “mobiliario natural”. El entrañable encargado de aquel negocio señaló con su linterna la ruta a seguir entre los setos y bajo la luna. No celebramos haber acampado a treinta metros de los baños pero su cercanía ofrecía otras ventajas que no tenían la orilla del riachuelo ni la parcela bajo los árboles, además sólo queríamos descansar y continuar hacia Puerto Montt a la mañana siguiente. 
 
Serían la una de la mañana cuando terminamos de montar el campamento y asearnos, ya estábamos listos para dormir. En nuestro lecho, tumbados boca arriba con el frontal encendido, pusimos los despertadores para ir a buscar a Anu que venía de Santiago. Después, sin más, nos dormimos. Pero nunca pudimos imaginar, y menos después de una jornada como la que habíamos vivido aquel día, lo que el destino tenía guardado para nuestra primera noche en Chile. Eran las 3:34 de la mañana cuando, en medio del sueño, noté que David estaba empujándome con su espalda. Se movía convulsivamente y conseguía desplazarme contra un lateral. Sin todavía ser consciente de la situación, somnoliento y cansado, comencé a sospechar que mi compañero de viaje estaba disfrutando de un sueño erótico, o que soñaba que estaba en un concierto, o que simplemente soñaba y no se daba cuenta de lo que hacía. Yo no podía quedarme contra las cuerdas de la tienda por su onírica actitud así que empecé a darle codazos en las costillas hasta que conseguí despertarlo. Creo que lo siguiente que hicimos fue discutir por los malos tratos de ambos pero no debieron ser más de cinco segundos porque rápidamente, ya despierto, me di cuenta de que no era yo el único que se movía sino que era todo, todo. El suelo se movía, la tienda se movía, nosotros nos movíamos: era un movimiento sísmico, era un terremoto. Pude asomar mi cabeza para ver que los árboles se movían y crujían, ¡estaban siendo zarandeados! ¡El edifico que alojaba los baños estaba a punto de caerse! Teníamos que correr y salir de allí, encontrar un lugar abierto y confiar en que el suelo no se abriese bajo nuestros pasos. Cerca del lago y junto al pequeño rocódromo encontramos alrededor de doce personas con sus linternas y escasamente vestidas. Confirmamos que todos estábamos de acuerdo en que se trataba de un terremoto o, en todo caso, de una erupción volcánica de extraordinaria magnitud. El nerviosismo era generalizado. Todos esperábamos una o varias réplicas del movimiento sísmico y con este pensamiento no se podía dormir. La calma llegó después de media hora. El primer movimiento no había tirado edificio alguno ni árbol en aquel camping y la réplica no se había producido. Las radios que todavía podían emitir describían paisajes de destrucción y relataban las primeras tragedias humanas. 
 
Una hora después del desastre natural creímos conveniente refugiarnos en la tienda para evitar la humedad nocturna. La réplica llegó entonces pero fue tan leve que sólo nos obligó a incorporarnos y esperar consecuencias. Sin saber lo que aquel terremoto había cambiado en Chile, desconociendo el estado de las carreteras y nuestras opciones de continuar, a expensas de otro terremoto o una erupción volcánica (Osorno, Villarrica y Llaima son volcanes activos), con la incertidumbre y el desasosiego propios de la situación intentamos dormir de nuevo mientras le dábamos vueltas a la cabeza. Si era el destino quien nos había elegido para vivir aquel momento le estábamos eternamente agradecidos ya que no sufrimos daño alguno y si, en cambio, se trataba de una coincidencia habíamos sido lo suficientemente afortunados como para celebrar que no estábamos más cerca del epicentro o junto al mar si bien añoramos lo que imaginábamos había sucedido a los pies del Tronador. Y, sí, conseguimos dormir. Lo hicimos plácidamente y sin incidencias. Cuando despertamos y vimos el nuevo día los dos reconocimos que una vida llena de episodios como aquel era lo que íbamos buscando, que el contacto con la gente, el estudio del paisaje y la sincronización con la Naturaleza también pueden ser un estilo de vida. Los días que siguieron a estas aventuras todavía los estamos viviendo.

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