Donde nace el hielo.

Texto y fotografías de José Mijares. 
 
La mayor isla del planeta posee un enorme inlandsis, una porción descomunal de hielo de más de 2.000.000 de km2, resto de las últimas glaciaciones que llega a tener en su interior más de 3.000 metros de espesor, pocos lugares del mundo impresionan tanto como este gigantesco desierto helado. 
 
No sé cuando nació en mi la idea de cruzar Groenlandia en esquís, pero si se que antes de eso me había propuesto escalar algunas montañas. Dos viajes a la cima del Denali me dieron la idea de lo que era arrastrar equipo y comida usando esquís y el cruce de la Laponia sueca de norte a sur el pasado marzo donde recorrí 450 Km. también con esquís y pulka me dejaron preparado para lo que se avecinaba. 
 
Había que buscar compañeros y de los cuatro que en principio nos habíamos propuesto tal aventura se fueron descolgando del proyecto dos que por diferentes motivos no pudieron estar presentes en Groenlandia, mis queridos amigos Heber Orona y Jaime Viñals a quienes eché de menos. Así que al final el escritor y guía de montaña catalán Carles Gel y yo salimos a principios de mayo rumbo a Groenlandia despues de meses de preparativos burocráticos que preceden tales expediciones deportivas, en este caso con ayuda de otros amigos: Sjur Mordre y Tore Stenseng quienes se encargaron de bregar con el centro polar danés quienes dan el permiso, despues de pagar un seguro en caso de rescate que junto con una radio-baliza son imprescindibles para poner un pie en el hielo. 
 
Sondre-Stromfjord en la costa del oeste groenlandés es una desabrida población con unos bellísimos alrededores y nuestro punto de salida. El 10 de mayo después de que un vehículo 4×4 nos dejara donde nace el hielo, soltamos amarras y empezamos desde 500 metros sobre el nivel del mar a subir lentamente una rampas interminables que cientos de kilómetros mas tarde alcanzan los 2.500 metros, techo de nuestra travesía. 
 
Durante 10 días no hizo otra cosa que brillar el sol durante diecinueve horas y dejar a la vista, especialmente al anochecer, un horizonte enorme donde nosotros éramos el único relieve. Caminar de 09:00h de la mañana a 18:00h de la tarde eran nuestras jornadas, interrumpidas con breves paradas para beber y comer y comentar el entorno de una belleza difícil de explicar, ese horizonte inmenso donde solo luchas contra ti mismo Ningún punto al que acercarse, ninguna idea de si subes, llaneas o bajas ni siquiera una conciencia real de lo que avanzas si no fuera por los instrumentos de navegación y el esperado punto en el mapa que cada noche marcamos para ver donde estábamos. Las cocinas afuera rugiendo mientras obtenemos agua y calentamos la comida es casi el único ruido, además de nuestros jadeos y el repiqueteo monótono de los brancales que emiten señales agudas a cada paso por el hielo, los cantos al arañar el hielo o las tablas al romper la costra sobre la nieve fresca. Pasan horas interminables donde esperas ansioso que el GPS muestre el kilometraje, nunca menos de 20 Km por jornada si era posible, forzados por el reloj para llegar al campamento a la hora prevista. 
 
La base Americana DYE 2 a 181 Km del punto de salida era nuestro punto de no retorno que debíamos alcanzar en el cruce del hielo, un lugar en desuso, un descomunal mamotreto en mitad de la nada, visible a mas de 30 Km que inspiraba un miedo infantil a medida que nos acercábamos a él como si de un gigante se tratara Allí vive una pareja de americanos durante meses cuya principal ocupación es mantener una pista de aterrizaje e informar a los aviones que allí bajan de las condiciones del hielo. Como una zanahoria el DYE 2 sirvió para que nosotros ese día hiciéramos una etapa de 30 Km. La recompensa fue una sopa caliente en la tienda de la simpática pareja americana y poder utilizar una tienda grande de la base en vez de la nuestra, lo cual fue un error, porque en tal frigorífico tuvimos a buen seguro mucho mas frió que en nuestra pequeña guarida, pero ¿cómo rechazar semejante hospitalidad? 
 
Al día siguiente el esfuerzo pasó factura y no llegamos siquiera a recorrer los 20 Km previstos cuando decidimos montar el campo. A partir de aquí el mal tiempo asomó y la navegación que había sido fácil se convirtió en una difícil tarea para encontrar el rumbo adecuado, sin opción a caminar más de 100 metros antes de comprobar que empezábamos a girar peligrosamente en dirección contraria. El constante viento contrario que tuvimos siempre desde el inicio del viaje se convirtió ahora en un vendaval que azotaba nieve por todos los rincones incluidos los de las pulkas que amanecían enterradas. La tienda la protegíamos siempre con un muro que debíamos ampliar a medida que arreciaba el temporal y cocinar dentro de la tienda se convirtió en una peligrosa norma. No podíamos evitar un sentimiento parecido al pánico cada vez que montábamos la tienda, si se vuela en semejante lugar…, adiós viaje. 
 
Decidimos adelantar la hora de salida y acampar mas tarde con lo que a partir de entonces las jornadas de 11 horas fueron lo habitual y empecé a notar una hambruna constante y a ver como mis ropas se alejaban mas de mi cuerpo pero en vez de sentirnos débiles cada vez hacíamos planes para caminar más. La nieve, que hasta la base había sido excelente, dio paso a una capa fresca donde nos hundíamos y la pulka dejaba tras de si una cicatriz profunda que no hacia sino dejarnos varados. Nuestro único aliado era esperar que a partir del punto más alto aquello bajara y la nieve mejorara. Pero no acabó de ser como lo esperábamos y entonces mi obsesión se convirtió en contar y recontar la comida que me quedaba y dividir y subdividir en menores porciones lo sobrante, el té que había salido volando hacía días fue restituido por el que Carles me daba usado, bebiendo a lo largo del día algo que no era sino agua caliente. 
 
Dos días y medio los pasamos dentro de la tienda por la tormenta, los recuerdo como verdaderamente miserables, con todo húmedo a nuestro alrededor, dormitando mientras pasaban las horas. El día que por fin amaneció razonablemente bueno teníamos hambre de kilómetros y ese día fue una jornada memorable. A partir de entonces íbamos a tope, si no llegábamos en el tiempo previsto se acabaría la comida, una sola jornada más en la tienda y podíamos dar al traste con todo, los últimos 112 Km nos llevaron solo 3 días. Fueron jornadas épicas con una última de 42 km y 20 horas seguidas de actividad en mitad de una niebla espesa y un campo de grietas donde nos vimos forzados a encordarnos. 
 
Cruzamos numerosos ríos que se abrían paso en el plateau y zonas de apenas unos centímetros de hielo verde por los que corría agua y donde Carles se cayó en una ocasión sin que por ello nos detuviéramos siquiera. El horizonte y su paisaje montañoso actuaron como una fuerza invisible que no nos dejaba parar. Al final fue el propio plateau y sus ríos lo que marcó el único camino disponible hasta el mar. 
 
Nosotros queríamos llegar hasta el mismo Isertoq o al menos hasta la orilla del mar puesto que este pueblo está en una isla y no sabíamos bien como podríamos llegar de la orilla al pueblo. ¿En una barca? Caminando sobre el mar. 
 La travesía terminaba en la orilla opuesta y nos afianzaba como verdaderos amigos reconociendo que juntos hemos vivido la que, a nuestro juicio, ha sido la experiencia más intensa de nuestras vidas.

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