Chiloé: Arquitectura sacra en madera.

Texto y fotografías de David Fernández.

Hace casi cinco siglos que el archipiélago de Chiloé, en la Patagonia chilena fue descubierto por los navegantes españoles. Colonizado a partir de 1567, cuando Martín Ruiz de Gamboa fundó las ciudades de Santiago de Castro y Chacao en la Isla Grande, al archipiélago se le aplicó el sistema universal de la encomienda, consistente en el pago de tributos a la Corona Española en forma de trabajo a cambio de comida e instrucción religiosa.

Junto a los colonizadores llegaron al archipiélago los primeros misioneros, y tras una visita de exploración en el año 1608, la Compañía de Jesús comenzó a enviar a sus miembros para iniciar el proceso de evangelización. La estrategia jesuita se concentró en la Misión Circulante: grupos de jesuitas hacían recorridos anuales durante los meses templados, partiendo del Colegio de la Orden en Castro, pasaban algunos días en cada una de las misiones fundadas cerca de la playa, de acuerdo a un itinerario preestablecido.
En un principio las misiones no estaban habitadas de forma permanente y contaban solo con una explanada como espacio de encuentro para la comunidad. Con el tiempo los jesuitas comenzaron a construir capillas y alojamientos para religiosos. Edificios que fueron levantados por la comunidad local utilizando maderas locales, principalmente coigüe, ciprés y alerce, y utilizando las técnicas constructivas de la zona, relacionadas directamente con los carpinteros de ribera.

La misión circular dio forma y estructuró el espacio habitado por indios y españoles, dando lugar a un tipo de poblaciones de trazado regular con la plaza a un costado, donde se ubicaba la iglesia.
La constitución de la iglesia chilota no fue una situación propia de un momento, sino un largo proceso evolutivo iniciado a mediados del siglo XVI por los jesuitas, responsables de estas primeras iglesias, grandes y simples casonas cubiertas a dos aguas, y continuado tras la expulsión de estos en 1767 por los franciscanos, culpables del desarrollo, a través de un lento proceso de estructuración, de uno de los elementos más significativos de la iglesia misional: la torre-fachada.

Son cerca de 60 los templos religiosos de Chiloé que corresponden a la tipología que se ha denominado “Escuela Chilota de Arquitectura Religiosa en Madera”, caracterizada por unos elementos básicos que distinguen al modelo: situación a un costado de la plaza, torre-fachada, bóveda y un sistema constructivo íntimamente relacionado con las técnicas locales.

Estas iglesias están formadas por un gran volumen de proporciones horizontales que varía en tamaño, generalmente construido en madera de ciprés y articulado en torno a una planta basilical de tres naves (salvo en Castro que encontramos planta de cruz latina), donde sólo la nave central se prolonga hasta el final, mientras las dos menores terminan en un tabique de madera que da lugar a sendos habitáculos, uno de los cuales normalmente se destina a sacristía.
La división de las naves se realiza generalmente por una alineación de columnas o pilastras, sobre las que descargan pequeños arcos de medio punto, que sirven de soporte en la nave central a una bóveda de cañón corrido, (a excepción de Achao, donde la bóveda se encuentra formada por casquetes distribuidos en cinco canales longitudinales y en Rilán, que se resuelve en crucería), bóveda que se asemeja en su estructura a una embarcación invertida, presentando cuadernas y vértebras. Por contra las naves laterales, de menor altura, se cubren con cielo plano, salvo en Castro, cubiertas con bóvedas de arista.

En el extremo que enfrenta a la explanada el volumen horizontal se ensambla con un cuerpo vertical, la torre-fachada: compuesta de un pórtico de ingreso y la torre propiamente dicha. Las variaciones de dimensión, composición y ornamentación en estos marcan la diversidad de expresión entre los diferentes templos.

El pórtico generalmente se resuelve con un sistema de columnas y arcos o dinteles que admite grandes variaciones en número y forma, dejando a la torre como el elemento vertical que jerarquiza el volumen.
La Torre se convierte en el rasgo esencial de la construcción, no sólo por su importancia simbólica como soporte de la cruz y de las campanas, sino también por constituir un referente esencial en el paisaje y servir como elemento de orientación para los navegantes.
Generalmente única (excepto en Tenaún, triple), se erige en el centro, sobre el vértice de las dos aguas y está formada por varios cuerpos o tambores de formas poligonales, (para así ofrecer menor resistencia al viento), que disminuyen en tamaño a medida que esta asciende hacia el chapitel.

Al exterior, la ornamentación se expresa en el diseño de las tejuelas, generalmente de madera de alerce y en la techumbre a dos aguas de la que cuelgan la bóveda y los cielos, cubierta igualmente con tejuelas. Es cuando traspasamos el pórtico de la mano de sus guardianes, cuando nos encontramos con lo más atractivo de este. Paredes, columnas y bóvedas de cañón corrido llaman nuestra atención por su colorido y ornamentación; como por ejemplo en Colo, donde unas simples estrellas blancas sobre fondo azul nos sugieren un cielo plagado de los puntiagudos astros, o en Achao donde su singular bóveda de casquetes se encuentra bellamente decorada.

Tras ser declaradas por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad hace una década, las iglesias de Achao, Aldachildo, Caguach, Castro, Chelín, Chonchi, Colo, Dalcahue, Detif, Ichuac, Nercón, Quinchao, Rilán, San Juan, Tenaún y Vilupulli, son visitadas tanto por viajeros que acuden en solitario, como por grupos organizados de turistas procedentes de los ferrys atracados en Castro, convirtiéndose así en uno de los más importantes referentes turísticos del Archipiélago de Chiloé.

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