Asturcones de la Sierra´l Pedroriu (Asturias).

Texto y fotografías de Jorge Jáuregui. 
 
El poni asturcón, perteneciente al grupo de los ponis celtas, distribuidos a lo largo del Arco Atlántico Europeo, a pesar de su casi desaparición de los montes asturianos en la década de 1970, en la actualidad y gracias a la labor de determinadas personas e instituciones que fueron conscientes del valor de esta antiquísima raza, su población se ha recuperado y alejado de la extinción. 
 
Mediante la forma de cría tradicional los asturcones permanecen libres en el monte durante todo el año. En la actualidad, solo en el Puertu Sueve y en la Sierra´l Pedroriu se mantiene esta costumbre con ejemplares de raza pura e inscritos en un libro oficial. 
 
Con el fin de estudiar la vida en la naturaleza de estos animales, se realizó un profundo seguimiento a lo largo de un año de las dos manadas existentes en la Sierra´l Pedroriu, situada entre los concejos asturianos de Grao y Miranda, a unos treinta kilómetros de la costa y con una altitud máxima de 816 metros. 
 
La razón de que se eligiese este lugar fue sencillamente que la estructura de las manadas era más estable y las condiciones de vida más naturales permitiendo así enriquecer el estudio ya que lo que se pretendía era analizar su vida en la naturaleza.
Tradicionalmente esta Sierra ha sido utilizada por los ganaderos y en la actualidad hay vacas, cabras y otros caballos. Los asturcones también comparten el hábitat con una variada fauna silvestre: jabalíes, corzos, zorros, gatos monteses, martas, tejones, entre otros muchos mamíferos y en cuanto a aves cabe destacar la gran cantidad de rapaces tanto diurnas como nocturnas, entre las que se encuentran como habituales el águila culebrera, el alimoche, el gavilán, el ratonero, el azor, el cernícalo, la lechuza y el cárabo.
Si bien, todos estos animales conviven pacíficamente con los caballos, la existencia de lobos merece una mención especial, ya que estos depredadores naturales acercan más a los asturcones a las condiciones que tenían antes de ser domesticados por el hombre. 
 
LA MANADA 
 
La unidad básica social de los caballos de monte es la manada, denominada en asturiano CORRU, compuesta por un caballo semental, el GREÑU, un grupo de yeguas y ejemplares subadultos de ambos sexos. Dentro de la manada se establecen complejos vínculos entre sus miembros que le darán cohesión y estabilidad. Los asturcones de la Sierra´l Pedroriu siguen este patrón básico debido a que su tipo de vida es idéntico al de los caballos salvajes. 
 
Desde hace años existen grupos estabilizados socialmente, que permanecen todo el año en la Sierra, moviéndose con entera libertad en este entorno natural. De todas maneras no sería correcto hablar de caballos salvajes. El hombre, en este caso, el propietario, manipula los grupos en cuanto a que selecciona los sementales, vende algunos individuos y ocasionalmente baja algunos ejemplares confinándolos temporalmente en lugares cercados. Pero, en definitiva, la formación de manadas, las interacciones sociales dentro del grupo, las interacciones entre los distintos grupos y aspectos como alimentación, territorialidad y ciclo vital tienen un componente fundamentalmente natural. 
 
Una de las características más significativas de estas manadas es la fidelidad que sus miembros muestran hacia ellas. Las yeguas adultas permanecen formando parte de un grupo durante años, e incluso de por vida. Entre ellas surgen complejos vínculos: todas se conocen y cada una adquiere una posición en una sociedad totalmente organizada dentro de la cual se establece una jerarquía, donde la veteranía y el conocimiento del territorio influyen a la hora de establecer ese orden jerárquico. Aparecen yeguas líder que se manifiestan en determinadas ocasiones. Cuando los grupos van a beber a las fuentes es común observar como una determinada yegua bebe antes que las demás y si alguna pretende beber a la vez, la de rango más alto con una simple amenaza que realiza pegando las orejas a la cabeza, expulsa a la otra que tendrá que esperar su turno. 
 
Pero la misión de las yeguas líder no es la de actuar exclusivamente como tiranas. Yeguas veteranas, generalmente buenas conocedoras del territorio y más experimentadas, son las encargadas de conducir a los grupos en sus desplazamientos por la Sierra, siguiendo caminos que conocen bien y llevando a la manada a los lugares más apropiados dependiendo de las condiciones que se presenten. 
 
Otro de los factores indicativos de los vínculos que unen a los distintos miembros de la manada son los acicalados mutuos. Esta conducta la realizan dos individuos, mordisqueándose mutuamente con suavidad, sobre todo en zonas que difícilmente pueden alcanzar ellos mismos. De esta manera mantienen lustroso su pelaje. El hecho de que dos individuos se acicalen denota un vínculo entre ellos que muchos autores califican de afectivo. 
 
El semental, pieza fundamental en la manada, debe mantener su harén cohesionado, para ejercer un mayor control sobre sus yeguas, especialmente cuando entran en celo. En esta época su actividad aumenta considerablemente, ya que debe permanecer constantemente pendiente de los requerimientos de las hembras y atento ante la presencia de posibles competidores. Durante el resto del año disminuye la preocupación por mantener su harén cohesionado aunque no por ello deja de actuar como defensor de la manada incluso ante los lobos a los que hace frente. 
 
CICLO ANUAL 
 
Año tras año, en la Sierra´l Pedroriu, plantas y animales salvajes se ven sometidos a un ciclo anual que se repite influenciado por las variaciones estacionales del clima atlántico que allí impera. Los asturcones, bien adaptados a este tipo de ambiente, experimentan una serie de acontecimientos a lo largo del año sincronizados con las cuatro estaciones. Cambios físicos como muda del pelo, conducta sexual, partos, etc., tienen lugar siempre en el momento más oportuno del año, permitiendo la supervivencia en este entorno de unos animales que conservan características adaptativas más propias de una especie salvaje que de una sometida a la domesticación desde hace miles de años. 
 
En la primavera, las condiciones mejoran, se suavizan las temperaturas, los días se hacen más largos y el pasto comienza a ser más abundante. Es en este periodo cuando las yeguas, en armonía con la naturaleza, paren a sus crías, después de once meses de gestación. El hecho de que los partos se produjeran siempre de noche, en un tiempo muy breve, y que el potrillo a los pocos minutos sea capaz de ponerse en pie y caminar al lado de su madre, responde a una característica adaptativa propia de los caballos, ya que en esta fase la vulnerabilidad es total y tanto la cría como la madre se convierten en presa fácil de los depredadores, es este caso de los lobos. 
 
Las condiciones más favorables de los primeros meses posteriores al nacimiento (temperaturas más suaves y abundancia de pastos) permitirá al potrillo desarrollarse en el periodo más crítico de su vida y de esta manera adquirir la fortaleza necesaria para soportar los rigores del próximo invierno. 
 
Los lobos, en este periodo, aumentan la presión, pudiéndose constatar multitud de ataques que unas veces culminaban con éxito para los depredadores y otras veces, gracias a la protección de la madre y el amparo de la manada, los potrillos salvaban la vida aunque era muy frecuente ver las marcas de mordedura, especialmente en los cuartos traseros. 
 
Aproximadamente dos semanas después de los partos las yeguas entran en celo y el semental permanecerá constantemente pendiente del estado en que se encuentran para cubrirlas en el momento más propicio. Los machos, en esta época presentan una gran actividad, especialmente si los harenes son grandes, no solo porque ha de permanecer constantemente pendiente de los requerimientos de las yeguas sino también por que tiene que vigilar ante la posible presencia de competidores y evitar que las yeguas se separen para así ejercer un mayor control. 
 
Cuando llega el verano y la mayor parte de las yeguas ya están paridas y preñadas de nuevo, la inquietud primaveral del macho va desapareciendo. Ya no permanece tan pendiente de las hembras y la intensidad con la que trataba de mantener su harén reunido disminuye. Ellas por su parte centran toda su atención sobre sus crías. En estos meses estivales, los pastos alcanzan su máximo grado de crecimiento, pero el color verde característico de la primavera pierde intensidad. Los brezos florecen dando tonos violáceos al paisaje y los helechos forman espesas masa vegetales donde son dominantes. 
 
A pesar de las condiciones más bien benignas del verano, los asturcones han de hacer frente a un importante factor específico de esta estación que condicionará su actividad diaria: la Mosca Equina (Hippobosca equina), un parásito propio de los caballos y muy abundante durante el verano. Su actividad aumenta considerablemente con la temperatura y para evitar las molestias que los insectos les producen, durante las horas más calurosas del día se refugiaran en lugares frescos y sombríos. De esta manera, más preocupados por librarse de la presión de los parásitos que de otra cosa, su actividad se reduce drásticamente y permanecen quietos durante horas moviendo la cola de un lado a otro para espantar a las moscas en una actitud que los ganaderos denominan “moscar”. 
 
En el mes de septiembre, cuando el calor propio del verano va remitiendo, el número de moscas comienza a descender, los asturcones abandonan progresivamente la costumbre de moscar y las horas que dedican a pastar aumentan considerablemente ya que no son molestados por estos insectos. 
 
A medida que va entrando el otoño, los abundantes helechos, verdes en verano, adquieren una tonalidad rojiza. Las flores y los tallos frescos de los brezos van desapareciendo y los pastos comienzan a escasear. Las hojas de los árboles pierden el verde y cada especie se tiñe de su color característico en los meses otoñales. Los azafranes silvestres surgen dispersos en las vegas de la Sierra.  
 
El descenso de las temperaturas estimula a los asturcones que comienzan a echar la borra (capa de pelo lanoso) que les protegerá del frío. Cuando se producen temporales permanecen impasibles con la cabeza baja y los cuartos traseros orientados en contra de la dirección del viento, pero si la tormenta no cesa, como siempre comandados por los animales más veteranos, se dirigen hacia las laderas menos expuestas o hacia las zonas bajas de la Sierra donde haya árboles que les proporcionen cobijo. En muchas ocasiones, poco antes de que cesara la lluvia y aparecieran los primeros rayos de sol, se podía observar como los asturcones subían a las crestas más soleadas y expuestas al viento, donde su pelaje, mojado después de la tormenta, se secaba con mucha mayor rapidez. 
 
Llegado el invierno, los asturcones, con la borra totalmente desarrollada, presentan un aspecto muy distinto al del verano. Esta gruesa capa de pelo les proporciona un abrigo que les ayuda a soportar los rigores del invierno. El frío, las heladas nocturnas, los gélidos vientos, la nieve y la escasez de alimentos hacen de esta estación la más desfavorable del año y solo animales dotados de una gran dureza y resistencia, como son los asturcones, son capaces de aguantar y sobrevivir.

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