Arte crepuscular del primer milenio hispánico.

Texto de Alberto Uría y fotografías de David Fernández. 
 
LA COYUNTURA HISTÓRICO-SOCIAL DE HISPANIA A FINALES DEL PRIMER MILENIO. 
 
La Edad Media española se diferencia de la gran mayoría de los países europeos por un fenómeno histórico único: La Reconquista. La invasión de la península ibérica por los musulmanes en el año 711, produjo un cambio social, cultural y artístico respecto al anterior reino visigodo (mediados del siglo V hasta principios del siglo VIII). Surgió entonces una resistencia localizada en el territorio montañoso del norte peninsular, que a posteriori daría lugar a pequeños reinos y condados cristianos, que servirían de cobijo a la población huida procedente del sur. 
 
Estos pequeños reinos norteños sufrirán a finales del siglo IX una fuerte expansión territorial, que tendrá como protagonistas entre otros al rey Alfonso III (866-911) en la parte occidental y en la oriental a Vifredo el Velloso (873-889). Este nuevo territorio abarcaría las tierras situadas entre la cornisa cantábrica y el valle del Duero extendiéndose hasta la cordillera pirenaica, donde todavía hoy se localizan numerosas referencias en la toponimia. 
 
Toda esta comarca se convertirá durante dos siglos en el escenario de un encarnizado campo de batalla, donde cristianos y musulmanes mantendrán una frontera fluctuante que dependerá del avance o retroceso de sus ejércitos. No será hasta el año 1002 DC, con la derrota de Almanzor cuando la línea fronteriza se alejará definitivamente al sur del río Duero. 
 
Esta nueva situación, potenciará la ocupación de antiguos solares abandonados o con una pequeña población residual, que habría sobrevivido al envite islámico. Entre los repobladores podríamos distinguir básicamente a los cristianos que procedían de los núcleos de resistencia norteña y aquellos que escapaban del dominio islámico meridional, los mozárabes (del árabe musta ‘rab ‘arabizado’) o tornadizos, cristianos que habían vivido bajo dominio islámico. Entre esta población huida, se encontraban carpinteros, albañiles, canteros, monjes…, que fundaron iglesias y monasterios, o rehabilitaron antiguas construcciones de época tardo antigua visigoda. 
 
Como consecuencia de este peculiar contexto histórico, el arte que surgirá en estas tierras será uno de los estilos más singulares y característicos del arte del primer milenio español. Bautizado por el historiador Manuel Gómez Moreno como Arte Mozárabe, la historiografía actual sustituye el término por Arte de Repoblación. La pervivencia en ese espacio de un mundo hispanogodo cercano, influyó en la producción de unas manifestaciones arquitectónicas de gran belleza estética, que aún hoy plantean a los historiadores y arqueólogos numerosas incógnitas. 
 
UN ESTILO ALTOMEDIEVAL HISPÁNICO. 
 
Resulta evocadora la imagen de la llegada de aquellas esperanzadas gentes del sur, ansiosas por encontrar enclaves recogidos donde ensalzar al dios cristiano y poder celebrar sus cultos con total libertad. Ante la necesidad de un lugar para el culto, construirán nuevos templos o rehabilitarán antiguos edificios visigodos. 
 
La localización de estas construcciones dependerá en gran medida del origen de sus fundadores. En primer lugar se encontraban grupos de mozárabes emigrados del sur, que se asentaron en pequeñas poblaciones preexistentes, cercanas en su mayoría a la línea del Duero. La necesidad de culto de estos habitantes produjo obras como Santa María de Wamba situada en un pequeño valle escondido entre los páramos de los montes Torozos, y posible cuna y tumba del rey visigodo Recesvinto; o la iglesia de San Cebrián en la vecina población de Mazote. En la lebaniega población de Lebeña se sitúa, inmersa en uno de los desfiladeros más famosos del norte peninsular, el desfiladero de la Hermida en Cantabria, la iglesia de Santa María, partiendo de un núcleo también anterior. 
 
Las comunidades monásticas por el contrario buscarán lugares apartados, aunque cercanos a alguna población, como en San Miguel de Escalada, emplazada en una ladera sobre el valle del Esla y a escasa distancia del antiguo pueblo fortaleza de Rudea del Almirante, en León. La idea de aislamiento la llevarán a su máxima expresión los eremitas (ermitaños) del siglo X, quienes buscaran en estos parajes del norte peninsular un lugar de retiro donde encontrar la Divinidad, como es el caso del Valle del Silencio en el norte de la provincia de León, enclave apartado, lejos de cualquier sitio habitado y defendido por enormes barreras montañosas con intrincados bosques; una paz enmarcada por una gran belleza paisajística, un enclave que en la actualidad sigue manteniendo un aire de misticismo y recogimiento, muy del gusto medieval. 
 
La antigüedad de estos templos la confirma su cronología: en Santiago de Peñalba se afirma que el templo estaba concluido en el año 916, siendo su posible arquitecto un personaje llamado Viviano, que también intervino en otro edificio vecino, en San Pedro de los Montes. Los restos mozárabes de la iglesia de Santa María Wamba se fechan en el año 928 (cabecera, crucera y parte de los muros norte y sur). San miguel de Escalada y Santiago de Peñalba tienen en común que fueron edificadas en época del obispo asturicense San Genadio. En iglesias como Mazote sabemos los nombres incluso de algunos de los canteros primitivos que trabajaron en la obra: Monio, Agila, Petrus, Luppo, Zaddon, dejando escrito sus nombres por encima de los arcos de las naves. 
 
Las construcciones resultantes son obras con un gran trabajo de cantería y pequeñas dimensiones, donde la planta habitual oscila entre el modelo basilical (San Miguel de Escalada) o el centralizado (Santa María de Lebeña). Delimitadas por unos muros perimetrales, que dependiendo de los materiales de la zona tenderán al sillarejo o la mampostería, y cuya continuidad estará rota por la aparición de contrafuertes, utilizados aquí para contrarrestar el empuje de las cubiertas, normalmente formadas por espacios discontinuos cubiertos en la mayor parte de los casos por cúpulas (de arista, gallonadas, esquifadas, etc.), y los de los mismos muros. 
 
La planta se hace compleja con la presencia en ocasiones de un contraábside o doble ábside, de herradura al interior y cuadrado al exterior, y que en algunos casos como en Santiago de Peñalba, era destinado a un uso funerario, lugar de descanso para los cuerpos de San Genadio y San Urbano, posteriormente transportados al convento de la villa de La Laura en Villafranca del Bierzo, por la duquesa de Alba en el siglo XVI. En ocasiones como en San Cebrián de Mazote el contraábside tiene mayores dimensiones que el presbiterio. 
 
Tras los muros, la planta basilical se encuentra normalmente dividida en tres naves separadas por arcos de herradura de evocación cordobesa muy cerrados, que descansan generalmente sobre columnas con capiteles de orden corintio, confiriendo así un efecto intencionadamente laberíntico del espacio interior, fruto probablemente de la complejidad del rito litúrgico mozárabe. Estos espacios vendrán marcados por el iconostasio, pared que va desde la parte septentrional a la meridional en un templo y que separa el presbiterio de la parte central, utilizando como cierre grandes canceles pétreos que recogen numerosa ornamentación. 
 
La ornamentación en el interior de estas iglesias, hoy casi inexistente, estaría localizada principalmente en los muros, a base de pinturas murales al fresco, como en Santa María de Wamba, en cuyo muro interior del presbiterio, posiblemente obra mozárabe, representan una cruz griega en el centro y ocho cuadros con su interior ocupado por círculos con florones, ruedas de radios curvos y animales estilizados, tan característicos de las telas orientales. En Santiago de Peñalba, en el primer tramo de una de las bóvedas, se conservan representaciones anicónicas de base geométrica, que recuerdan a los trabajos de construcciones asturianas. La escasez y excepcionalidad de este tipo de pinturas hace de ellas una de las manifestaciones más importantes de la alta edad media europea. Algunos elementos estructurales recogen decoración, como los capiteles de las columnas, donde se aprecia la pervivencia del característico sogueado de los templos asturianos y la decoración vegetal de los capiteles corintios. Todo este interior se complementaria con cruces, capsas, signum, libros, luminarias, etc. 
 
La decoración exterior en estos templos se simplifica al empleo del alfiz, una moldura que a modo de dintel enmarca los arcos, de origen musulmán, y al empleo de modillones de rollos, decorados con discos solares, como soporte de los grandes aleros volados de la cubierta. 
 
Por último cabría destacar, después de este viaje iniciático por el mundo alto medieval hispánico, la importancia de este conjunto de edificaciones y la fortuna de poder disfrutarlas en nuestros días, permitiéndonos así una visión más completa del paisaje del siglo X español.

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