Algunos complejos dunares.

Texto y fotografías de Fco. Javier Pedrosa. 
 
De entre todos los agentes erosivos, y por presentarse en una forma gaseosa, el viento es el menos palpable, el más difícil de percibir. El agua, en sus formas líquida y sólida, es fácilmente cuantificable y perfectamente perceptible, incluso los microorganismos capaces de alterar rocas concretas, al presentarse en comunidades, son perfectamente visibles. 
 
El viento puede ser definido como flujo superficial de aire generado por los gradientes de radiación. Este se desplaza por las capas bajas de la atmósfera según los centros de acción, las diferencias térmicas entre masas de aire o la influencia de los obstáculos orográficos capaces de encauzar flujos o introducir cambios en la dirección y velocidad de estos. 
 
Es, en cambio, el radio de acción del viento su rasgo más distintivo pues, no en vano, afecta a la práctica totalidad de la superficie terrestre, siendo su labor más constante en las aguas superficiales de mares y océanos (olas), en los bordes costeros de los continentes y áreas insulares así como en los relieves más vigorosos emergidos sobre las aguas saladas. Esta mayor presencia del viento en áreas concretas de nuestro planeta se debe a la ausencia de barreras físicas (relieves, cubierta vegetal etc.) que frenen o impidan el desplazamiento del aire. Pero también las zonas más interiores de los continentes se ven afectadas por los diferentes tipos de viento como consecuencia de situaciones barométricas concretas o condiciones atmosféricas locales. 
 
Y son, precisamente, esa disponibilidad y constancia del flujo quienes confieren al viento una moderada capacidad destructora (Fotos 1 y 2) pero también modeladora que es considerada de especial interés por los estudios geográficos, en general, y geomorfológicos en particular. El viento genera formas de relieve erosionando el roquedo (deflación y abrasión) o acumulando partículas que han sido previamente desplazadas en altura (turbulencias ascendentes) o en superficie (rodamiento y saltación). Pero el viento sólo es competente para mover partículas sueltas de pequeño calibre (Foto 3) y sufre una disminución drástica en su capacidad modeladora cuando se encuentra con algún factor que permita la agrupación y cohesión de las partículas desplazadas. Sólo los vientos rápidos y fuertes están dotados de una acción modeladora eficaz con lo que el sentido de desplazamiento de la carga eólica coincide con el sentido de los vientos más violentos y no con el de los dominantes (Foto 4). 
 
La acumulación de las partículas arenosas genera paisajes eólicos entre los que destacan las dunas y los complejos dunares. Las partículas son transportadas por rodamiento o saltación hasta que disminuyen su velocidad o son depositados según diferentes factores: la llegada de las partículas a cubierto del viento o su intercepción por obstáculos dispuestos transversalmente al sentido de la corriente de aire (Fotos 5 y 6). 
 
Recibe el nombre de duna (Foto 8 ) todo relieve convexo construido por arenas eólicas cuya disposición y forma se acomodan a los caracteres del viento. Presentan diferencias según el material, modo de flujo y factor de retención que las pueda generar. Están formadas por arenas redondeadas muy bien seleccionadas granulométricamente. Los geomorfólogos acostumbran a reconocer dos tipos de dunas: dunas longitudinales y dunas transversales. Las primeras son construcciones alargadas de acuerdo a la dirección del viento, desarrolladas en superficies de topografía plana aprovechando el efecto de descarga a sotavento del obstáculo (vegetación, resaltes rocosos o relieves dunares previos). Las dunas transversales son aquellas cuyo eje topográfico mayor se dispone perpendicularmente al sentido del viento. Su génesis deriva de una acumulación provocada por una acción no puntual y moderada de retención sobre la carga eólica transportada. Cuando los procesos eólicos y gravitatorios se ralentizan o cesan la duna queda “fijada” pasando a ser una verdadera forma de acumulación que, debido a la poca consistencia del material que la constituye, puede ser rápida y eficazmente afectada por los agentes erosivos (Foto 13). La presencia de varias de estas formas eólicas puede conformar relieves más complejos, incluso de dimensiones regionales, conocidos con el nombre de complejos dunares (Foto 7 y 9). Dentro de estos distinguimos formas mayores como los surcos, por ejemplo, y formas menores como los ripples eólicos (Foto 19). 
 
Pero en las zonas litorales de los continentes vemos que la acción del viento y de las aguas marinas y continentales se combinan y complementan para generar formas de relieve propias que, en cambio, pueden aparecer superpuestas las unas a las otras. Así, el movimiento de las aguas marinas puede acumular arena en las costas y generar playas (Foto 10) de donde el viento tomará su carga para, apoyado en un obstáculo preexistente, depositarla y dar lugar a formas de relieve eólico (Fotos 11 y 12). Al mismo tiempo que esto sucede, la parte de esos relieves más cercana a la orilla se ve afectada por las aguas del mar que actúan con una dinámica propia (mareas, condiciones meteorológicas, etc.). Así surgen formas de relieve litoral como los acantilados (Foto 14). 
 
A esta compleja interacción entre mar y aire, dotada de capacidad modeladora se une, en ocasiones, la acción de las aguas continentales en forma de río (Fotos 17, 18 y 21) que, en su calidad de sistema de evacuación de la Naturaleza, pone en contacto las arenas depositadas por el viento, en áreas más interiores, con las aguas del mar, estableciendo un ciclo cerrado confirmado por la existencia de unas formas de relieve características. Todo ello puede ser observado en el Parque Nacional Slowinski, en Polonia, y en Mason Bay, Nueva Zelanda… 
 
Las formas de acumulación eólicas también son el soporte físico en el que se desarrolla la vida de numerosas comunidades de organismos vivos, autóctonos o alóctonos, donde se relacionan y conviven según las características edafológicas y climáticas del lugar: vegetación de porte herbáceo, arbustivo o arbóreo, grandes mamíferos o pequeños representantes de la avifauna (Fotos 24 y 25). De especial interés es, en este caso, la interacción apreciable entre las formas dunares y la vegetación (Foto 14). En ocasiones, el avance de las arenas sobre sectores boscosos acaba obligando a las especies vegetales a desistir en su empeño por permanecer vivas. En el Parque Nacional de Doñana, España, las arenas depositadas en la costa andaluza por la acción del oleaje y el río Guadalquivir, justo en la desembocadura de éste, son desplazadas por el viento, de nuevo, hacia el interior, sobre coníferas que acabarán muriéndose (Foto 22). En otras ocasiones es la vegetación quien gana la partida a las arenas eólicas y acaba por colonizar estos relieves, bien porque las dunas han cesado en su avance, bien por ser favorecidas por la acción antrópica, como ha sucedido en la isla Stewart de Nueva Zelanda donde los colonos plantaron marram grass (Amophila arenaria), importada desde Europa, con la intención de impedir la movilidad de las dunas (Foto 23). En la actualidad se está intentando recuperar el antiguo valor natural de este lugar y ya se han llevado labores de restauración con herbicidas selectivos. 
 
En algunos casos, las formas de acumulación eólica se convierten en relieves con entidad, que terminan por caracterizar un espacio o son tomadas como referencia dentro del paisaje y a la hora de actuar sobre el medio. Su existencia llega a ser de capital importancia a la hora de ordenar el Territorio. En ocasiones son, o forman parte, de espacios naturales protegidos, en otros lugares, por su atractivo paisajístico y proximidad al mar, pueden convertirse en áreas de recreo quedando ligadas al potencial comercial de algunos destinos turísticos. La población holandesa de Noordwijk, por ejemplo, se halla al sur de uno de estos complejos dunares. Este no presenta el mismo estado de conservación que aquellos de Slowinski y Mason Bay (Foto 27) debido, principalmente, a la mayor presión ejercida sobre ese espacio (dunas de Noordwijk) por parte de la población local y visitantes: las áreas aledañas a la población se convierten en zonas de recreo (Foto 26) y lugar ideal para la construcción de edificios de lujo con carácter residencial (Fotos 28 y 29). Y no demasiado lejos de allí aparecen, en primera línea de playa (Foto 30), una serie de hoteles que se han convertido, junto al conocido faro de Noordwijk, en la “fachada” de la pequeña población. 
 
Hemos visto a través de unos pocos ejemplos la diferente percepción que el Hombre tiene de las formas de acumulación eólica. Podríamos continuar por esta línea incluyendo en el artículo aquellas interpretaciones que de estas mismas formas se han hecho a lo largo de la Historia, por parte de artistas, viajeros o empresarios, por citar unos pocos, pero no es esta la intención del documento sino, en la medida de lo posible, acercar al lector al origen de estos relieves, a la fragilidad de los mismos (como formas y como nichos ecológicos) pero sobre todo a su valor paisajístico y a la influencia que éste ejerce en el quehacer cotidiano de locales y visitantes.

Déjanos tus comentarios, gracias

Déjanos tus comentarios, gracias

[wpsl]