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Los estíos noruegos de Guillermo II: pormenores de una Gran Guerra

Texto y fotos de Hugo Pedrosa Latorre

Cumpliéndose ahora cien años desde el inicio de la Primera Guerra Mundial y tratando de rememorar algunos de los lugares y personajes que jugaron un papel importante durante esos años de penumbra, brutalismo y violencia sobre el continente europeo, me gustaría desplazar el foco de atención de aquellas zonas y acontecimientos más conocidos de este conflicto y dirigirnos a un pequeño pueblecito del Sognefjord, donde el paisaje pudo haber reavivado las ansias de lucha o donde el destino podría haber tomado otro curso para evitar esta cruenta guerra.

El Sognefjord es el fiordo más largo de Noruega, y llega a adentrarse unos 250km desde su inicio en el mar del Norte hasta su final a los pies del Jotunheimen y del glaciar Jostedalsbreen. A unas tres horas y media en barco desde Bergen se encuentra el pueblo de Balestrand, un fantástico lugar cuyo paisaje conmueve a todo el que lo aprecia. Balestrand era un antiguo asentamiento vikingo, al igual que varias de las localidades que se encuentran a su alrededor, como por ejemplo Vagnsnes o Vik. Se dice que esta zona del Sognefjord, donde se habla nynorsk y no bokmål, la lengua mayoritaria en Noruega, es de donde salieron los vikingos que poblaron y llevaron consigo la antigua cultura escandinava a tierras islandesas, de ello que tanto el islandés como el nynorsk sean lenguas con mucho vocabulario en común. Este pasado vikingo hizo del Sognefjord y especialmente de esta zona, un lugar muy transitado por las clases altas europeas que comenzaban, probablemente sin imaginar su potencial, el turismo de cruceros. Durante el s. XIX, el auge del romanticismo como movimiento cultural hizo que el sentimiento nacional de Noruega, país que había pertenecido durante más de cuatrocientos años a Dinamarca primero y a Suecia después, se asociase mucho a sus espectaculares paisajes y a la relación de estos con sus antiguos pobladores, los vikingos. Así surgió, por ejemplo, el movimiento pictórico romántico noruego que trataba de mostrar la naturalidad y espectacularidad de su país, tratando de diferenciarse de sus, hasta entonces, hermanos mayores.


Iglesia de madera de Vik

Pero el romanticismo también reavivó las antiguas sagas vikingas, y en especial una de ellas, que es la que nos lleva al bonito pueblo de Balestrand. La saga de Fridtjof nos relata la historia de un vikingo que creció con Ingeborg, la hija del Rey de lo que actualmente es Balestrand, de la cual se enamoró. Cuando el Rey murió, los hermanos de Ingeborg tomaron el poder y, envidiosos de las cualidades de Fridtjof y poniendo como escusa su diferencia social, rechazaron su petición de casarse con su hermana. Tras su insistencia, los hermanos le pusieron como condición realizar una empresa peligrosa: le ordenaron navegar hasta las islas Orcadas, actualmente territorio escocés, para realizar un tributo. Cuando este volvió triunfante de su peligroso viaje, se encontró con que su casa había sido destrozada e Ingeborg había sido casada con el Rey de Ringerike. Esto enervó tanto a Fridtjof que decidió vengarse: prendió fuego al lugar sagrado para los pobladores de Balestrand y fue en busca de Ingeborg al dicho reino. Cuando hubo llegado allí, se puso al servicio del Rey y se ganó sus tributos debido al buen servicio que le prestó, hasta convertirse en un hombre cercano de este. A pesar de que su intención era asesinar al Rey y hacerse de nuevo con Ingeborg, su nobleza y honra le impidieron llevar a cabo el asesinato aún habiéndolo tenido en sus manos. Cuando el Rey se enteró de su verdadera identidad, de sus previas intenciones y de su cambio de actitud, le supo reconocer su honra, valentía y caballerosidad. Así, cuando el Rey envejeció y murió, cedió el trono a Fridtjof y permitió que tomara a Ingeborg como esposa y al heredero de la corona como a su propio hijo.


Vista de Dragsvik y entrada al fiordo de Fjaerland desde Granlia

Esta saga, que fue recuperada y traducida a varios idiomas a lo largo del s. XIX, se convirtió en un referente del romanticismo germánico ya que exaltaba la lucha, fuerza y honra del hombre germánico. De esta forma, y volviendo a lo escrito anteriormente, visitantes pudientes de toda Europa comenzaron a navegar las aguas del Sognefjord para disfrutar de los maravillosos paisajes que llevaban sus mentes hacia tiempos lejanos y épicos. Uno de estos visitantes, y probablemente el más singular, fue el Káiser Guillermo II, emperador de Alemania, cabeza de Estado de esta potencia y uno de los mayores responsables de la llamada Gran Guerra, si no el mayor. Guillermo II solía pasar los veranos viajando en crucero y era un asiduo visitante de las costas noruegas, las cuales le recordaban tiempos antiguos de hazañas nórdicas fáciles de imaginar ante tales paisajes. Tras la recuperación y traducción de la saga de Fridtjof, esta llegó a manos de la alta burguesía europea, y entre ellas a las del Emperador. La influencia del movimiento romántico hizo que este navegase hasta las orillas de Balestrand y de Vangsnes, para descubrir el lugar donde este famoso relato se desarrollaba. Tanto se enamoró de estos paisajes y de sus relatos vikingos que decidió ofrecer una gigantesca estatua representando a Fridtjof (y con un segundo sentido al hombre germánico) al pueblo noruego. Esta se instaló en el pueblo de Vangsnes, no sin suscitar cierto recelo en el país debido al posible significado colonial que esta entrañaba.


Valle de Tungestolen con el glaciar de Jostedalsbreen al fondo

Balestrand era en ese momento un transitado hogar para artistas, especialmente para pintores que trataban de plasmar los paisajes del Sognefjord motivados por el sentimiento nacional expresado a través del movimiento pictórico romántico noruego. Entre ellos destacaba una figura, la de Hans Dahl, quien había desarrollado su carrera en la Alemania imperial y que hizo de anfitrión de Guillermo II durante varios veranos. Ambas figuras desarrollaron una profunda amistad durante los estíos a orillas del Sognefjord, hasta tal punto que las últimas vacaciones del Káiser antes del comienzo de la Primera Guerra Mundial fueron en este escénico pueblo de los fiordos noruegos.


Hotel Kviknes

El hotel Kviknes, asentado en la bahía de Balholm, uno de los más destacados hoteles históricos de Noruega y el edificio con la estructura de madera más grande del país, era el lugar donde estas personalidades solían reunirse para tomar el café de la tarde, y fue aquí donde Hans Dahl se despidió del Emperador por última vez. El pintor, a sabiendas de la importancia que los sucesivos pasos del Emperador tendrían y de la posible repercusión de estos, (y digo posible porque, como defienden los más destacados historiadores en esta materia, la guerra en mente del Emperador no tendría para nada las consecuencias ni la duración que todos ahora conocemos) decidió plasmarlo en una silla de madera todavía presente en este hotel en la que escribió: “El día 25 de julio de 1914, seis horas antes de que el ultimátum dado a Serbia por el Imperio Austrohúngaro llegase a su fin, el Emperador Guillermo II de Alemania se hallaba sentado en esta misma silla de la sala Høyvik en el hotel Kviknes”.


Silla del salón Hoyvik donde el Káiser Guillermo II estaba sentado seis horas antes de finalizar el ultimátum dado por el Imperio Austrohúngaro a Serbia

Por eso, la gran mayoría de los habitantes de Balestrand y de las personas que hemos pasado un tiempo allí creemos que el Emperador se fue a la guerra con la valentía y decisión que todos conocemos, especialmente impulsado por las imaginaciones y las antiguas historias de hombres germánicos, motivadas, además de por su ingenua personalidad de sobra conocida, por los majestuosos paisajes del Sognefjord. Pero quizá, sus agradables estancias en Balestrand le incentivaron a terminar cuanto antes con esta guerra para poder disfrutar de nuevos momentos de paz, lo que le llevó a cometer el gran error de atacar a Francia invadiendo Bélgica y propició la entrada del Reino Unido en la guerra. ¿Pudo haber sido este remanso de paz en las aguas de los fiordos noruegos un factor clave en las consecuencias y porvenires de la Primera Guerra Mundial y haber privado a Alemania de una victoria rápida, ágil y sin grandes pérdidas, tal y como pensaba el propio Káiser? Es algo muy difícil de comprobar, pero aquellos que hemos contemplado tranquilamente los paisajes del Sognefjord estamos convencidos de que ya en aquellos días del año 1918, cuando el Káiser se veía enfermo y prácticamente derrotado al final de su reinado, las únicas imágenes que tenía en mente ya evadido de las conversaciones estratégicas de sus consejeros y altos rangos, eran sus cafés con Hans Dahl a orillas del fiordo y las maravillosas vistas desde la bahía de Balholm.


Tranquilidad desde Balholm

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