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La península armoricana.

Texto de Marta Berdayes y fotografías de Manuel Bartolomé.

El paisaje bretón siempre ha cautivado a propios y extraños, y ya desde el siglo XIX Bretaña atrajo a muchos pintores seducidos por sus costas: Cancale, la Costa Esmeralda, la Costa de Granito Rosa, Concarneau o Pont-Aven – conocida como la ciudad de los molineros por sus 15 molinos, donde se crearía la Escuela de Pont-Aven, encabezada por Paul Gauguin –, lugares que representaban el reflejo de la tradición, la tranquilidad frente a la explotación industrial, el marco propicio para ser inmortalizado en sus lienzos.

Tierra ya poblada desde el Paleolítico, por ella pasaron celtas, romanos, bretones, francos y normandos, entre otros, aunque fue una nación independiente hasta su anexión a la corona francesa en 1532. Se trata de un territorio bañado por el océano, cuya parte más distante se encuentra a 60 kilómetros del mismo, y su costa está plagada de islas quiméricas, y de faros – impresionantes edificaciones que se alzan impávidas soportando las arremetidas de un mar indomable – que pueden contemplarse desde lo alto de los acantilados bretones, una imagen tantas veces evocada…, tanto como sus encantadores pueblos pesqueros, sus viejas casas de granito, sus ciudades medievales – como Dinan, con su rue du Jerzual, calle pintoresca y escarpada, que fue durante mucho tiempo el único acceso a la ciudad y que nos traslada, durante unos instantes, a otra época, imaginándonos en medio del bullicio (cohue, palabra bretona que también hace referencia al mercado), escuchando el ruido de las carretas que pasan cargadas de cuero, telas, sal, sidra o especias y llegan a la place des Cordeliers, lugares aún se conservan las casa medievales con entramado de madera –, sus ciudades fortificadas – como la ciudad corsaria de Saint-Malo, Sant-Maloù en bretón, desde cuya muralla podemos captar el alma de la ciudad intramuros, el espectáculo del mar, las tonalidades cambiantes del cielo, la impresionante magnitud de los edificios, no pudiendo más que imaginar que nos encontramos en un buque de piedra que leva anclas eternamente –, sus no poco curiosas concentraciones de megalitos – alineamientos de menhires, de las palabras bretonas men e hir “piedra larga”, numerosos dólmenes, de las palabras dol y men “mesa de piedra” –, o sus bosques – como el de Paimpont, el mítico Brocelandia, donde aun puede sentirse la presencia del mago Merlín y del hada Viviana, del rey Arturo o de los caballeros de la Mesa Redonda, o bien de druidas que recogen muérdago en los árboles; o el de Huelgoat, y recorrer su caos de granito originado por la furia del ogro Gargantúa, o traspasar la puerta de entrada del infierno… Estos cuentos y leyendas son cultura transmitida oralmente de generación en generación, son una herencia compartida, y aportan su matiz a muchos paisajes que, de otra forma, no serían los mismos.

El carácter de los bretones, como su océano, es irreductible: se ha forjado luchando contra los terribles vertidos petrolíferos que han asolado sus costas de un color negro reflejado en su bandera: Gwen ha du (blanco y negro), y siendo fieles a sus arraigadas tradiciones. Como seña de identidad cabe destacar su vestimenta tradicional, como signo de reconocimiento entre parroquias y comarcas tradicionales: sombreros redondos y negros para los hombres, y cofias blancas de muy diferentes formas, composiciones y bordados para las mujeres, siendo las más llamativas las denominadas bigoudens – de hasta 30 centímetros de altura – y aun utilizadas por mujeres en el País Bigouden, comunidad con una fuerte identidad cuyo lema es “heb ken” (solos, nosotros mismos), perteneciente al departamento del Finisterre francés, en bretón Penn-ar-Bed.

En cuanto a su lengua, el bretón, es la única lengua celta hablada en el continente europeo, y proviene de la rama britónica, relacionada con el galés y el córnico, y fuertemente influenciada por el francés. En la actual Bretaña francesa, antiguamente conocida como la península Armoricana, más de la mitad de los topónimos son de origen bretón, veamos algunos ejemplos:

Armórica proviene de Armor “tierra del mar”, y el nombre del actual departamento norte de Bretaña, en francés Côtes d’Armor, Aodoù-an-Arvor en bretón, hace referencia a la parte litoral de un territorio, por oposición, Argoat es la zona interior, “la tierra de la madera”; Carnac, del bretón Karnag procede de la palabra karn y significa “el lugar de los montículos de piedra”; Concarneau viene del bretón Konk-Kernev y significa “abrigo/rincón de Cornualles”; Daoulas, en bretón Daoulaz, procede de daou y glaz, y significa “dos cursos de agua”; Huelgoat, en bretón An uhelgoad, proviene de las palabras ihel y koad “bosque alto”; Ille-et-Vilaine, en bretón Il ha Gwilen, viene del nombre de los dos ríos que confluyen a la altura de su capital, Rennes, en bretón Roazhon, cuyo nombre proviene del antiguo pueblo céltico de los Riedones; Iliz Koz viene de iliz y koz “iglesia vieja”; Le Faouet, del bretón Ar faoued significa “hayedo”; Les Iffs hace referencia a otro árbol, el “boj”; Questembert, del bretón Kistreberzh, viene de las palabras bretonas kesten o kisten y perh, que derivó en berh, y significa “tierra de las castañas”; Ouessant viene de las palabras enez y eusa que significan “la más elevada”, y es conocida como la “isla centinela”; Penmarc’h procede de penn y marc’h “cabeza de caballo”; Perros-Guirec, Perroz-Gireg en bretón, viene de las palabras penn y roz, que significan “extremo del acantilado”, y Gireg es el nombre del santo local; Le Relecq-Kerhuon, en bretón Ar Releq-Kerhuon, proviene de las palabras releg “reliquia o cementerio”, kêr “aldea”, y del antropónimo Huon; Morbihan procede de las palabras mor y bihan “pequeño mar “, según la mitología, este golfo fue creado por el llanto de las hadas expulsadas de Brocelianda, y al arrojar sus coronas de flores, nacieron varias islas, entre ellas Belle-Île-en-Mer, conocida por los bretones como Guerveur Ihuel “ciudad sobre el mar”, y por los primeros navegantes griegos como Kalonessos, del griego kallos “belleza” y nessos “isla”; o Quimper, que proviene del bretón Kemper y significa “confluencia”, en este caso de los ríos Odet y Stéir, y cuya fundación se debe, según una antigua leyenda, al asentamiento del Rey Gradlon, originario de Cornualles, que tuvo que huir de Ys, Kêr Is en bretón, que proviene de Kêr Izel “ciudad baja”, ciudad mitológica engullida por el océano como castigo de los dioses, supuestamente situada en la Bahía de Douadernez, de las palabras douar an enez “tierra de la isla”, así denominada porque dependía administrativamente de la isla de Tutouarn, actualmente Isla Tristán.

Asimismo, los nombres de muchos municipios mantienen algunos prefijos que ayudan a comprender su etimología, ejemplos a menudo indisociables del carácter religioso que prevaleció largo tiempo en esta península:

Ker- viene del bretón antiguo caer y significa “aldea, granja”, palabra utilizada entre los siglos XI y XIV, que aparece por ejemplo en Kerfourn, en bretón Kerforn, que deriva también de la palabra bretona fourn y significa “horno”;

Lann- o lan- suelen hacer referencia a los establecimientos religiosos de la Alta Edad Media, por ejemplo Langolen, que viene además del antropónimo Kolen;

Loc- o log- hacen referencia al lugar consagrado a un santo, utilizado en la Baja Edad Media, por ejemplo Locronan, Lokorn en bretón, es el lugar consagrado a Ronan, un fraile irlandés al cual se rinde culto en la Grande Troménie, una romería tradicional que tiene lugar cada seis años y cuyo nombre se deriva del bretón tro-minihi que significa “vuelta al territorio monástico”, o bien “vuelta a la montaña” según la teoría que dice que más bien procedería de tro-menez, ya que menez significa montaña en bretón;

Plou- o plé- o pleu- señalan el emplazamiento de parroquias anteriores al siglo X, y proceden del bretón antiguo ploev “comunidad de fieles, parroquia”, siendo un préstamo del latín plebem que significa “pueblo”, y la segunda parte de la palabra es un nombre masculino, pudiendo ser el del fundador de la parroquia o el del patrón de la iglesia primitiva, por ejemplo Plouzané, Plouzane en bretón, designa la parroquia de origen dedicada al fraile irlandés San Senano;

Tre- o treve- son las subdivisiones de una parroquia, por ejemplo Trégastel, en bretón Tregastell, se deriva además de la palabra kastell, que designa una fortaleza, un antiguo lugar defensivo;
Gui- o gwic- proceden del latín vicus, que significa “burgo o centro”, y como ejemplo tenemos Guipronvel, en bretón Gwiproñvel, que, según una de las interpretaciones, se derivaría además de las palabras pron/bron y vel/mel, por lo que significaría “el burgo sobre la colina del territorio”.
En conclusión, la antigua Armórica es una tierra de contrastes que combina perfectamente tradición y autenticidad. Y bien merece una detenida parada para admirar su magnífico paisaje natural, popular, lingüístico y mitológico, su patrimonio marítimo y artístico, e incluso gastronómico, por qué no decirlo.

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