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Italia y sus calles: una forma de crear una nación

Texto y fotos de Hugo Pedrosa Latorre

¿Habéis estado alguna vez en Italia? Si es así estoy seguro de que todos aquellos que habéis pisado las calles del país transalpino, ya sea por una de sus grandes ciudades, por un pueblo de las montañas del norte, una villa de las campiñas toscanas, localidades soleadas de las costas del sur o por las calles de sus poblaciones insulares, habéis caminado numerosas veces por calles llamadas Vittorio Emanuele II, Cavour, Garibaldi o Via Roma, entre muchas otras. Estos nombres se repiten continuamente a lo largo y ancho del país, ocupando normalmente las placas que denominan algunas de las calles más importantes de cada ciudad, villa o pueblo. Así que, aunque hayáis estado en diferentes lugares del país, habréis encontrado estos nombres en casi todos ellos.

Lo interesante del caso italiano es que estos nombres fueron atribuidos a finales del s.XIX y principios del XX a calles que ya de por sí eran importantes históricamente o a zonas urbanas remodeladas que comenzarían a jugar un papel principal en la nueva distribución de la ciudad. La razón de que estos nombres comenzasen a aparecer en la geografía urbana italiana se debe a los hechos ocurridos en la segunda mitad del s. XIX en este país, especialmente significativo fue el año 1861, cuando Italia fue unificado por primera vez desde la descomposición del Imperio Romano. En ese año, lo que hasta entonces habían sido diferentes ciudades-estado, ducados, reinos o territorios papales beligerantes entre sí, haciendo y deshaciendo alianzas continuamente y siendo apoyados por unas potencias u otras durante muchos siglos, se convirtió en un único estado bajo el reinado de Víctor Emanuel II y guiado por la batuta del Primer Ministro Camillo Cavour,
ambos habiendo ostentado hasta ese año los mismos puestos en el hasta entonces llamado Reino de Cerdeña.

Parece normal, por lo tanto, que algunas de las arterias más importantes de sus ciudades ostenten estos nombres. Sin embargo, estas denominaciones juegan y han jugado un papel bastante más importante que el simple hecho de recordar a lo artífices de la unificación del país. Estos nombres han ayudado a la población a crear un sentimiento de pertenencia a una entidad común, y a creer en una historia de lucha por la unificación de un país que quizá dista un poco de la realidad y de la grandeza con la que se ha adornado a este año de 1861.


Plaza Camillo Cavou

Italia, hasta esa fecha, no tenía una lengua oficial común, sino una gran cantidad de lenguas o dialectos con mucho vocabulario propio. El tipo de gobierno existente en las nuevas regiones era muy variado, así como el entramado social y económico de estas, debido a la diversa historia política y cultural que cada una de estas regiones había tenido. Este era un territorio que había sido gobernado por árabes, normandos, aragoneses y Borbones en el sur, la Iglesia Católica en el centro, el Imperio Austro-Húngaro en el norte y noreste, y siempre bajo la constante influencia de Francia y del Sacro Imperio Romano Germánico. Todo ello había convertido a este país en un entramado socioeconómico muy variado y muy difícil de gobernar bajo un mismo ejecutivo con políticas comunes para todos los territorios. De hecho, a pesar de que el año 1861 represente la unificación de Italia, durante las primeras décadas lo que realmente suponía era la dominación por parte del Piamonte y de la Cerdeña del resto del país, ya que tanto el Rey como el primer Primer Ministro provenían de ese antiguo reino y era por aquél entonces el territorio más avanzado económicamente de lo que hoy conocemos como Italia. Además, se dice, que Cavour no era una persona especialmente motivada por la unión de Italia, sino un patriota piamontés cuyo objetivo era preservar y aumentar la grandeza del Reino de Cerdeña.

Garibaldi, otro nombre muy común en las calles italianas, sí fue un verdadero patriota que, influenciado por ideas Mazzinianas, siempre trató de unificar al país. De hecho, a pesar de la ya existente unión entre los territorios norteños, se dice que sin este quizá Italia hubiese seguido dividida entre norte y sur, ya que los piamonteses no tenían especial interés en unirse con los pobres territorios de las Dos Sicilias. Sin embargo, Garibaldi se aventuró a viajar con mil hombres armados a Sicilia y a comenzar una revuelta que le llevaría hasta el sur de Roma, donde, el Rey Víctor Emanuel II, apresurado por no llegar demasiado tarde a las cercanías de la ciudad ancestral, le estaba esperando para que el aventurero le cediese los territorios que había conquistado, y de esta forma tratar de mostrar su autoridad así como el interés de la corona por la unidad de Italia.

Además de que el papel del Rey no fuese tan heroico como se ha intentado mostrar, las décadas sucesivas no resultaron nada fáciles para los gobiernos italianos. Las grandes diferencias económicas entre los territorios resultaban patentes y la unificación del país no dio los resultados que el pueblo se esperaba, por lo que las revueltas y la ingobernabilidad eran bastante palpables a lo largo y ancho del país, especialmente con la nueva fuerza adquirida por los movimientos socialistas y obreros. Esta situación de inestabilidad sería bastante común hasta la llegada al poder de Mussolini y los años del fascismo.


Vista del Castillo de Sant’Angelo desde el Puente de Vittorio Emmanuelle II

Por eso, el hecho de pasear cada día por la Via Vittorio Emmanuele, coger el transporte público en la Piazza Cavour, andar por la calle de Roma o conducir a través de la avenida Garibaldi de cualquier ciudad italiana ha actuado como una herramienta para construir el estado y una entidad nacional. La omnipresencia de estos nombres y la importancia de los lugares que ocupan ha inculcado a los ciudadanos una historia común basada en hechos de tinte heroico por la unidad de una patria que había sido inexistente hasta hace poco más de ciento cincuenta años. El diseño de la geografía urbana italiana ha actuado a lo largo del siglo XX como una herramienta que ha resultado bastante útil para construir una conciencia de estado y cohesión que no había apenas existido. La gran mayoría de las voces que históricamente habían llamado a la unidad del país y creían en la existencia de lazos comunes eran voces de intelectuales italianos que se encontraban en exilio, basándose en muchos casos en la antigua Roma, en el Renacimiento y en la “cultura superior” italiana. Por eso, me resultó extraño encontrar los nombres de los “héroes” de la unificación en cada localidad a la que iba y no los de aquellos artistas del Renacimiento o de grandes personajes de la historia antigua que, en un principio, eran los representantes de aquellos lazos de unión que hacían de Italia un solo país con una entidad común. Con la gran cantidad de humanistas y personajes históricos italianos cuyas labores han sido primordiales para el desarrollo de la humanidad, ¿por qué siempre encontramos los mismos nombres en cada ciudad? Pues bien, la necesidad de crear una identidad nacional para un país tan variopinto y diverso vio en la denominación de las bellas calles italianas un instrumento fundamental para la creación de una conciencia nacional. De esta forma, podemos comprobar cómo las autoridades pusieron un gran empeño en hacer de Italia un nuevo estado con una historia y una entidad común, utilizando, entre otros métodos, los paisajes urbanos de este bello país.

Así, la próxima vez que pasees por la calles de sus bellas ciudades y de sus preciosos pueblos, podrás admirar y descubrir a través de los nombres y sus calles una pequeña y tardía parte de la rica y convulsa historia de la maravillosa Italia. Una historia muy presente para los italianos, pero una gran desconocida para nosotros, visitantes foráneos.

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